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Ernesto Cardenal > Luis Ortega

Nadie puede discutir su categoría literaria ni su jerarquía moral en el marco de la teología de la liberación, una sensibilidad tratada con más rigor por el Vaticano que la rebelión cismática de monseñor Marcel Lefebvre que combatió con saña los alcances del Vaticano II. Fue protagonista de una imagen que definió las terribles contradicciones del siglo XX: de rodillas, en el aeropuerto de Managua, recibió una enérgica reprensión del papa Wojtyla, acaso porque era ministro de un gobierno revolucionario, acaso porque predicaba una doctrina necesaria y útil en una tierra plagada de desigualdades. Procedente de una ilustre familia nicaragüense, Ernesto Cardenal (1925) fue un trotamundos en pos de Dios, como laico, fraile en un monasterio de Kentucky y estudiante de teología en México. Regresó en 1950 e ingresó en la oposición a Somoza; fracasó en la revolución de 1954 y en 1965, con 40 años, se ordenó sacerdote y creó una comunidad, al modo de los primeros cristianos, en un islario del lago Cocibolca, donde redactó El Evangelio de Solentiname, que conjugaba el credo de Jesús con la lucha por la libertad y la justicia, por la igualdad de los hombres que fue su mandato supremo. Participó en la lucha con el Frente Sandinista y, entre 1979 y 1987, desempeñó la cartera de Cultura. En Santa Cruz de La Palma, donde dio un recital poético, compartí mesa y mantel con un personaje interesante, lacónico por el cansancio o, tal vez, por los desengaños, sin demasiadas ganas de hablar de poesía y con una visión certera y feroz del comandante Daniel Ortega y de su peligrosa deriva y, paradójicamente, con una simpatía sin complejos por el exultante Chávez que, en aquellos años, se armaba para dirigir un concierto indígena cuyas secuelas continúan. Lo recordarán, con la misma nitidez que yo, Concha y Luis Cobiella, Loló y Jorge Lozano, que disfrutamos de cena y brisa marina, con aquel invitado enérgico, distinguido este año con el Premio Reina Sofía para poetas de Latinoamérica, que se añade al Pablo Neruda y numerosos reconocimientos políticos y culturales. Propuesto, sin éxito hasta ahora, para el Nobel, sus 20 poemarios y 14 memoriales, unos de edificante objetividad y otros ciertamente pasionales, le hacen merecedor de este político galardón, aunque sólo fuera por su mejor epitafio: “Señor: recibe a esta muchacha conocida en toda la tierra como Marilyn Monroe, aunque ese no fuera su verdadero nombre…”.