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Hablemos de eutanasia > Juan Henríquez

Tengo un amigo, periodista él, que trata de evangelizarme; desde hace algún tiempo, en lugar de una despedida normal, o al uso, me dice: “qué Dios te bendiga, Juanito”. ¡Ni por esas! Un servidor intenta convencerlo de que burro viejo no aprende idiomas, pero no hay manera. Hoy se pondrá como una moto al leer como pongo a la jerarquía eclesiástica a parir por su guerra contra una posible ley a favor de una muerte digna, o eutanasia. Y conste que hablo con conocimiento de causa pues en su momento viví la monstruosa y agresiva muerte de mis hermanos Ángel y Pili, ambas por enfermedades irreversibles, y ahora, mucho más reciente, la cruel y sanguinaria expiración de mi madre. ¡Calma señores!, intentaré explicarme. En los tres casos, aunque las causas no coincidieran, el diagnóstico de los médicos fue de pacientes terminales cuyo proceso culminaría en un periodo más bien corto de tiempo. Y aceptando que el paciente en estas circunstancias adversas puede disfrutar de una buena calidad de vida durante un tiempo que determina la propia evolución de la enfermedad, no es menos cierto, que llegado el momento, se entra en un deterioro tan violento y sarcástico, que tratar de mantenerlos con fármacos sedantes y aireando artificialmente sus pulmones, es de un sadismo que escapa al raciocinio humano. Y conste que un servidor respeta aquellos deseos derivados tanto de la voluntad personal del paciente, de acuerdo con un cuestionario prefijado para optar a la muerte digna, como aquellos derivados de creencias religiosas en que la muerte debe llegar por la vía natural y cuando un tal Jesucristo, o Dios, que no tengo ni puta idea de quién hablan, lo estime oportuno. Pero al igual que otros derechos civiles universales, la ley debe de ser libre y optativa en su aplicación.

Para mí hablar de eutanasia, o de una muerte digna, al igual que del aborto o el divorcio, y perdonen que me salga por un momento del guión previsto, es darle sentido a la libertad y a la democracia. Estamos hablando del respeto al individuo, y a que éste elija lo que en conciencia decida. Se trata, nada más, y nada menos, que de superar tabúes y miedos que siguen anclados en una sociedad sujeta a cuarenta años de dictadura, sobre todo en instituciones como la iglesia católica, guardianes de un franquismo superado. Tengo la sensación de que va siendo hora de poner a cada cual en su sitio, y sobre todo, no tener miedo al hablar y expresarnos libremente. La libertad y la democracia son el pueblo, los que tienen la última y definitiva palabra.

Me declaro abiertamente defensor de la eutanasia, o muerte digna; lo del nombre carece de importancia. Y tienen que entenderme que me mantenga sereno ante un debate que tantas ronchas levanta.

Lo único que pido es que abramos la posibilidad de su aplicación a quienes lo deseen, bien a petición del paciente con conocimiento de causa, o la familia ante circunstancias extremas y finales. Poner en manos de los milagros lo que la ciencia determina irreversible, sencillamente, se llama incultura, o cerebros tóxicos. ¡Eutanasia, ya!

juanguanche@telefonica.net