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Justino de Neve > Luis Ortega

Por una fijación que viene de la más tierna infancia, Murillo se convirtió, en la distancia, en uno de mis pintores favoritos; la causa de esa elección estuvo en unas oleografías de pilluelos que, durante muchos años, adornaron el salón de una casa vecina y que contemplaba gozosamente desde la ventana de la mía. Más tarde, cuando descubrí Sevilla, sin adjetivos, y Santa María la Blanca -denominación hispalense de la Virgen de Las Nieves- con los tondos que revelan la fundación del primer templo dedicado a la Madre de Dios, los episodios de los donantes y la decisión del papa Liberio -me conquistó totalmente para su estética porque, a su ordenada composición, a su realismo grato y verosímil se unían sentimientos como ternura, picardía, arrobo- de amplia comunión por la gente del común. Detrás de un artista con tan firme personalidad tiene que estar, por lógica y necesidad, un mecenas, un patrocinador convencido de la calidad y las facultades de su protegido. Hasta finales de septiembre, el Museo del Prado -en colaboración con el Hospital de los Venerables de Sevilla y de la Fundación Focus Abengoa- acoge una selecta colección de óleos de Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682) que, en gran parte, fueron encargos del rico canónigo monseñor Justino de Neve (1625-1685). Ahora, por primera vez, pudimos admirar la Inmaculada de los Venerables (también se la conoce por el nombre de Soult, el nombre del expoliador durante la invasión francesa) con su marco original, que quedó en Sevilla; solo por esta obra y por los cuatro lunetos de Santa María la Mayor, restaurados para la muestra, merece El Prado la visita, sin prisa, para disfrutar de la esplendorosa madurez de un genio, cuya vida y obra coincidió con la de su colega y paisano Diego de Silva y Velázquez. Fuera de la temática religiosa, destacan la tierna florista, una metáfora cotidiana de la primavera, y el efebo callejero que simboliza el verano, cedidos respectivamente por la Dulwich Picture Gallery y la National Gallery of Scotland; y unas refinadas pinturas sobre obsidiana cedidas por el Louvre, que debe tener mala conciencia sobre “su adquisición”. Pero, al margen de las genialidades del mejor artista sevillano del barroco -Velázquez estaba en otra esfera y jerarquía- la circunstancia más destacable es el perfecto entendimiento entre estos dos personajes y la firme amistad que creció desde el primer encargo. En vísperas de Las Nieves, los tondos alegóricos dan un sentido oficial al paseo por el nuevo Prado.