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La hoguera> Carmelo Rivero

Esta es una tierra quemada. Si en El Hierro, el tremor nos recordaba el origen, el volcán, en estos incendios aparatosos, por la ola de las llamas y el sinfín de desalojos, la Natura nos interpela. Diríase que el pirómano es un intermediario criminal a tal fin, que pone al descubierto el viejo Talón de Aquiles de las islas con el medio ambiente. Lo que predica el fuego es una clara indefensión de nuestro tesoro vegetal: echamos en falta al dragón de las manzanas de oro del Jardín de las Hespérides, si se me permite esta evasiva.

Quizá hemos tenido un exceso de confianza y habría que levantar todas las atalayas necesarias en verano para abortar al instante los conatos del incendiario de turno.Y esa detención ejemplarizante que disuada a tiempo a los continuos imitadores, con su preceptivo censo de sospechosos (cada pueblo sabe con quién se las gasta, quién prende), sería el mejor cortafuego. Pecados del operativo, si acaso, al margen, lo que sobresale, además, es un clamoroso (por reiterado) déficit de medios aéreos complementarios del despliegue terrestre: el famoso hidroavión. Cuando nos queman el Garajonay es como si se nos muriera un familiar, como dijo el director del parque Patrimonio Mundial (desde 1986), Ángel Fernández, auténtico guardián de los árboles mitológicos del Terciario, a falta del centinela fabuloso.

A otros pirómanos les va peor. Los de Internet, que fabrican y propagan rumores difamatorios, se nos dice que tienen los días contados, gracias a un algoritmo, invento suizo, revelado en la Physical Review Letters, que permite dar con el indeseable allí donde se encuentre. ¿Servirá para los pirómanos forestales?

Una escapada a Valladolid, la ciudad levítica de Umbral, me descubre al Miguel de Cervantes doméstico en la casa donde vivió y remató el Quijote. Allí hizo el prólogo, allí lo editó por primera vez y allí fue objeto de chismes, que le persiguieron como la mala estrella: un crimen a las puertas de su domicilio lo llevó ante el juez. Cervantes tenía enemigos y detractores por su condición de recaudador y vivía dudando hasta de su sombra. Como nuestros árboles.

En la caldera de estos días, las islas cumplen treinta años de autonomía, bodas de perla, que resucitan un clásico de la calenturienta política local (nuestros incendios familiares), soterrado por la crisis: la reforma estatutaria y el sistema electoral.

Con todo, seguimos en la hoguera del euro. Fracasan las medidas de Europa (España incluida). Baste leer el artículo de Habermas,Bofinger y Rümelin ayer en El País. En fin, acabados los Juegos Olímpicos de Londres 2012, volverán los atletas de la crisis a llevarse todo el oro.