opinión>

Lo que significan nuestras fiestas> Fernando Clavijo

La Laguna, que guarda, afortunadamente, un enorme y riquísimo acervo cultural y etnográfico, concentra en verano la mayor parte de las celebraciones de las fiestas patronales de sus muchos pueblos, barrios y caseríos. Es tiempo de descanso después de haber estado trabajando duramente. Así fue en los inicios, cuando el estío traía, además de calor, algo de respiro y de diversión sana alrededor de una mesa. Y así sigue siendo hoy en día en cada uno de esos lugares en los que sus habitantes se afanan en mantener lo que sus padres les transmitieron y, a su vez, implicar a sus hijos en esa permanencia del pasado.

Por eso quiero que estas palabras lleguen a las asociaciones de vecinos y comisiones de fiestas; a quienes enraman carretas, a quienes levantan corazones, a quienes preparan embarques, a los que arreglan el condumio y arrugan las papas. A todos y cada uno de los laguneros y laguneras, grandes y chicos que, en estos tiempos difíciles para todos, redoblan esfuerzos para que no se pierda una parte importante de nuestra cultura e identidad.

Es, desgraciadamente, real que estamos viviendo una crisis sin precedentes. Que debemos primar lo que es urgente y, muchas veces, contra nuestra voluntad, dejar para el último lugar lo que es importante. Pues bien, las fiestas son, también, importantes en el devenir de un pueblo. Son un motor económico local que genera a su alrededor puestos de trabajo: el turronero, los grupos musicales de la tierra, los que confeccionan los trajes típicos, los comercios que se sitúan alrededor del centro de las celebraciones, los que ponen el sonido y los que limpian las calles… Todos ellos pueden subsistir y mejorar su economía gracias a estas celebraciones pequeñas, humildes, pero relevantes para ellos.

Son, también, una muestra de cultura: no sólo se trata de comer y beber, sino de transmitir un legado que, de otra manera, se perdería irremisiblemente. En nuestras fiestas patronales se mantienen tradiciones como los barcos, el arrastre de ganado, la lucha canaria, el riquísimo folclore que nos representa, las antiguas recetas de nuestras abuelas, los autos sacramentales, la Librea, las loas o lobas, los corazones… Bienes culturales inmensos, reconocidos y, sobre todo, únicos, que no podemos dejar perder.

Teniendo en cuenta que es necesario hacer ajustes, sin perder de vista que ahora, lo primordial, lo primero, son las personas y su atención social, no podemos abandonar, ni mucho menos denostar, como a veces se pretende, estas celebraciones.

Porque detrás de ellas hay mucha gente que se deja horas y días de su vida de manera altruista, que hace el milagro de multiplicar lo poco que podemos aportar las administraciones y que se desvive, literalmente, por cuidar, mantener y sacar en procesión a sus patronos entre los que, dicho sea de paso, hay tallas exquisitas de riquísimo valor patrimonial.

Por ello, vaya desde aquí mi enhorabuena y mi agradecimiento a todos ellos. Porque con su labor están contribuyendo a mejorar la economía lagunera, a que se siga moviendo el engranaje que nos hará salir, poco a poco, de esta situación. Y, por encima de todo, a seguir cumpliendo el encargo que, sin decirlo, nos dejaron los que llegaron antes que nosotros: hacer que permanezcan vivas nuestras tradiciones y que sean, igualmente, respetadas por los laguneros y laguneras del futuro.

*Alcalde de San Cristóbal de La Laguna