Fauna Urbana >

Pagar por no comer > Luis Alemany

Los recortes económicos en la Educación española (supresión de profesores sustitutos, incremento laboral docente, mayor cantidad de alumnado por aula) parecen haber llegado a sus últimas cotas -siempre serán superables- con la decisión adoptada de suprimir los comedores escolares, obligando a los alumnos a traer la comida de su casa, por cada una de las cuales deberán pagar al centro escolar tres euros, para el mantenimiento de un servicio que no se ofrece: Perelman (el guionista de los Hermanos Marx) hubiera empalidecido de envidia de haber conocido tal decisión, porque se inscribe en un grotesco equilibrio equidistante entre el surrealismo, el abuso y la anticonstitucionalidad. Resulta asombroso (a la par que alarmante) que Rajoy haya superado -en apenas siete meses de gobierno- el largo proceso económico que va desde Adam Smith hasta Keynes, pasando por Karl Marx, con una propuesta que va mucho más allá del capitalismo salvaje más radical, que apenas se había atrevido -hasta ahora- a exigir a los trabajadores que trabajaran sin cobrar: esta última vuelta de tuerca (Henry James dixit según sus malos traductores) abre una puerta ilimitada al mercado mundial, proponiendo que la gente abone sus propias consumiciones y le pague a la administración por consumir lo que ha pagado: ha repetido uno (desde estas -y otras- columnas) hasta la saciedad -¿hasta la suciedad?- que los gobiernos que desprecian la Cultura, la Educación y la Sanidad -como éste- están llamados a desaparecer en breve tiempo, como ocurrirá -sin lugar a dudas- con el que hoy nos (des) administra.

Comentaba un amigo que al final del mandato de Rajoy, España habrá retrocedido a los años cincuenta, y (a tenor de esta noticia escolar) piensa uno que se quedó corto en sus predicciones, porque ni siquiera resultaría fácil situarla en la (in)cultura de los años cuarenta, donde fusilaban a doscientos republicanos cada noche, pero los niños pobres asistían todos los días a clase en los colegios públicos y almorzaban gratis: otra cosa -claro está- sería valorar la calidad de ambos productos; ya que (por paradójico que pueda parecer) aquellas comidas escolares resultaban mucho más homologablemente democráticas que los discriminatorios plurales menús domésticos con los que ahora amenazan a los escolares, y que incrementarán radicalmente (de tartera a tupperware) la inevitable lucha de clases.