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Pinolere y su feria > Benito Cabrera

Las nostalgias configuran un espacio legítimo sobre el que puede construirse un discurso. Pero acaso no sea suficiente apelar al romanticismo decimonónico para hablar de una identidad y una forma alternativa de vida, en estos tiempos en los que tanto se habla de cambiar de modelo. La tradición, como la historia, no se debe descontextualizar, porque acaba convertida en una especie de caricatura de lo que ya no somos, pero quisiéramos conservar.

Las ferias de artesanía al uso, que proliferan en todas las Islas, se me antojan cada vez más decadentes. La mezcla entre conceptos difusos como oficios artesanos, bisutería, manualidades, cachivaches y horteradas, suele concitarse en un batiburrillo de tenderetes colocados generalmente con mal gusto y falta de visión estética, etnográfica, comercial y casi de cualquier tipo. Pinolere acaso sea una excepción. La recuperación de un espacio urbanístico del pasado, protagonizado por las construcciones de cubierta vegetal denominadas pajales, han configurado una suerte de eco-museo que brinda la posibilidad de contemplar un tipo de edificación ligado a una forma de vida y una orografía concretas. Al menos se parte de un contexto orgánico, en el que el espacio visitable constituye un primer atractivo de esta muestra.

Con casi treinta años de existencia, desde que un grupo de amigos y artesanos iniciaran una modesta feria en la plaza del barrio, el encuentro anual de la Feria de Pinolere es -además- un pretexto para la dinamización social de toda una comunidad, que ha encontrado una forma de ir al pasado desde el presente, de construir una autoestima y una actividad comercial no reñida con la recuperación de las señas de identidad y el buen gusto.

Albarderos, zapateros y zurroneros serán los protagonistas de esta edición de la feria que -pese a las dificultades- podemos volver a visitar este fin de semana.