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Sacrificios y cambios

A estas alturas de la crisis ya hay algo seguro, una evidencia que suscriben hasta los más optimistas: España tiene su horizonte de salida situado a partir del año 2017. Dicho de otra manera, nos esperan cinco largos años de ajuste, de esfuerzo fiscal y de dificultades. El anuncio el viernes del presidente Rajoy de un plan de ajuste hasta 2014 de más de 102.000 millones de euros vino a refrendar una teoría que nos marca un lustro duro e incierto.

No podía ser de otra manera en un país con un sistema productivo deficiente. Un país que no utilizó los fondos provenientes de la Unión Europea para fortalecer la eficiencia de sus sectores económicos estratégicos. Un país que no se dio por enterado de las dificultades que se avecinaban -como sí hicieron otros-, gastó su superávit en medidas improductivas, a la par que populistas, y no adoptó medidas de saneamiento y austeridad. España debe más de tres billones de euros entre la deuda pública y privada. Y los últimos años, como consecuencia de haber gastado nuestras reservas, hemos tenido que pedir más dinero y más caro. Préstamos que nos cuestan en intereses casi 40.000 millones de euros cada año, una cifra superior a la que se paga por subsidios de desempleo. Estos cinco años serán el escenario de grandes reformas. A la fuerza ahorcan. Los ciudadanos españoles ya han asumido su cuota de sacrificios con cerca de seis millones de parados, con el incremento de impuestos directos e indirectos, con la pérdida inevitable de calidad en servicios públicos esenciales. Y queda aún pendiente una traumática reforma de la administración pública que se va a producir con enorme conflictividad social. El importante peso del sector público en el PIB y los más de tres millones de empleados en las administraciones, fuertemente organizados, son dos factores que anticipan que esa necesaria reforma no va a ser sencilla.

Ni la minería, ni los agricultores, ni las empresas productoras de energía eléctrica, ni los agentes de la cultura, ni los docentes, ni el personal sanitario… Nadie parece estar dispuesto a aceptar pasivamente la pérdida de subvenciones, puestos de trabajo o financiación. Lógico y entendible, pero estamos, como los aviones que están a punto de despegar, más allá del punto de retorno. Y al Gobierno sólo le queda el camino de desgastarse tomando medidas de extrema dureza y capear el temporal de las calles incendiadas.

Tal vez si los mensajes que llegaran a la sociedad no fueran una crónica del despilfarro, el relato descarnado de gentes que gastan nuestro dinero en lujos y frivolidades sin que aparenten haberse enterado de lo que está pasando, otro gallo cantaría. Pero la indignación crece, incluso en los ciudadanos más responsables, cuando, por un lado, nos piden sacrificios y, por el otro, se observan comportamientos poco ejemplares y el mantenimiento de privilegios que si nunca debieron ser, hoy ya no poseen excusa alguno para existir.

Todo esto es cierto. Pero lo es más que a pesar de todo, cargando en la mochila con los irresponsables, los despilfarros y los insolidarios, debemos ascender por el calvario de sacrificios que nos espera como sociedad. Debemos aprender a vivir con menos recursos, a trabajar más y mejor, a aplicar la austeridad en todos los órdenes de nuestra vida. Y eso mismo es lo que tiene que hacer la administración pública de nuestro país. Para poder seguir pagando las pensiones, atender a nuestros parados y garantizar la sanidad y la educación es necesario que ahorremos hasta el último céntimo en otras áreas de gestión.

Ya se escuchan voces que hablan de un rescate para septiembre u octubre y los acontecimientos de esta semana vienen a refrendar esa posibilidad. Dependerá de si Europa nos presta dinero a intereses razonables o nos deja a merced de un mercado que no se fía de que podamos pagar y quiere hacer negocio, con nuestra debilidad, condicionando los préstamos a intereses abusivos. Por lo que respecta a Canarias, somos, sin duda, la comunidad que presenta los más graves indicadores sociales y económicos. El paro de las Islas es, por sí solo, una tragedia social de dimensiones irreparables. No obstante, al mismo tiempo tenemos un sector turístico que, pese a algunos recientes errores de bulto -la planificación y la excesiva intervención pública siempre es nociva- puede mantenernos a flote en esta tormenta perfecta.

Cinco años de sacrificios; cinco años de esfuerzos; pero también cinco años de cambios. Cinco años para reformar lo que no funciona; cinco años para transformar un modelo público que tiene graves defectos y es muy caro; y cinco años para aprovechar nuestros sectores productivos y los recursos que generan para que la sociedad canaria se beneficie de mejor manera, algo que, si nos atenemos a las cifras del pasado reciente, no se ha producido.

Es tiempo de sacrificios y de cambios. Y si ya vemos, vaya si los vemos, los sacrificios parece que ha llegado la hora de empezar a ver los cambios y esperar que estén a la altura de los esfuerzos que nos han pedido.