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Los que se van de la Iglesia > Carmelo J. Pérez Hernández

“¿También ustedes quieren irse?”. La pregunta la hace Jesús a sus discípulos después de comprobar que muchos seguidores lo están abandonando. Había llegado el momento en el que las palabras del Señor les resultaban demasiado radicales, les pedían un cambio total a la hora de entender la vida y comprenderse a sí mismos.

Y eso no. Unas cuantas mudanzas les parecían aceptables: que si vamos a entendernos antes que a pelearnos, que si póngame usted aquí este milagro, que si los enemigos de la fe serán derrotados, que si bienaventurados los pobres, que si paz y amor… Todo eso era asumible.

Pero el aspirante a Mesías quería llegar más lejos y hablaba de sí mismo como el principio y el fin de la Historia, el sentido último de la existencia. Afirmaba que la vida es una excusa para encontrarle, conocerle, amarle y seguirle. Y que lo contrario es desperdiciarla.

Y, claro, con tantos proyectos como tiene cada uno, les resultaba casi imposible abrirle un hueco a quien exigía ser el único Señor, ser reconocido como el verdadero e irrepetible Hijo de Dios. Y por eso la desbandada. Se fueron muchos, es cierto. Pero los que se quedaron estaban más presentes que nunca, más enteros que antes: “¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos”, fue la rotunda respuesta de los más íntimos, recuerda el apóstol Juan.

Nos pasa en la Iglesia que a menudo asistimos con cierta perplejidad al fenómeno de los que se van. Nos preguntamos con sincero corazón si es nuestro mal ejemplo lo que les ha espantado. O si tal cura, tal catequista, tal obispo, aquella monja… tienen algo que ver con su partida. Nos duele que haya quien abandona la comunidad, reniega de su fe o la considera un fenómeno irrelevante.

Yo pienso que es tiempo de serenarnos y de abrir los ojos sin prejuicios a las razones que hacen que se vayan los que se van. Estamos a las puertas del Año de la Fe convocado por el Papa. Lo mismo que opino que algunos acontecimientos de este tipo no sirven para nada -si acaso para cansar más a la comunidad y gastar en fotocopias-, considero sin embargo que esta iniciativa puede marcar un antes y un después en la vida de la Iglesia.

Auscultando la salud de nuestra fe, estaremos preguntándonos por los que se van. Y nos interrogaremos sobre si esas fugas no estarán auspiciadas por la manía de mirarnos tanto al ombligo y de darle tantas vueltas a nuestras costumbres y tradiciones, en lugar de hablar y proponer a Jesucristo. Si nos comportamos como una ONG más, no aportamos nada. Si nos mueve sólo el altruismo, no somos originales en absoluto. Si nos instalamos en el séptimo cielo del ¡alabaré, alabaré! permanente y la lucha de casullas, resultamos cansinos. Si nos calamos la gorra del Ché para resultar modernos, aparecemos ridículos.

Creo que hay muchos que se van porque sinceramente están mejor fuera que dentro. Si no les aportamos nada, si no somos camino sino atajo, si no somos compañeros sino jueces, si no somos profetas sino protagonistas… mejor están fuera. Si no es Jesucristo nuestra oferta, sino vaya usted a saber qué mezcolanza de ritos y batallitas varias, mejor fuera que dentro.

Siempre habrá quien se vaya. Eso no podemos impedirlo. Pero podemos trabajar juntos para que nadie lo haga con el corazón triste porque entre nosotros no ha encontrado hombres y mujeres de fe, porque oyeron hablar de un tesoro y les sentaron a la mesa para ofrecerles unas raspas, recuerdos de lo que un día fue un banquete.

@karmelojph