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#TFseMueve> Juan Carlos Acosta

Llevo años intentando comprender por qué un pequeño archipiélago como el canario no se pone de acuerdo para trazar estrategias compartidas y decididas hacia el continente que tenemos más cerca. De la misma forma, me desconsuela comprobar que, acción tras acción, África casi nunca termina por ser una prioridad real y sí una aspiración que acaba maniatada por entelequias y ambigüedades difíciles de encajar en este siglo de las comunicaciones. Y no es que me guste echar leña al fuego ni contribuir de ninguna manera a la división de mi tierra, estigmatizada bajo el síndrome tragicómico del pleito insular, sino, más bien al contrario, porque me interesa desde hace bastante tiempo nuestro entorno inmediato y entiendo que es una pena desperdiciarlo, precisamente ahora que parece despegar. Constato además la aparente indolencia de nuestras autoridades hacia los vacíos informativos, digan lo que digan, discurso tras discurso, y asumo que, lejos de armonizar esa proximidad equidistante desde todas y cada una de las islas, envueltas en un puñadito de millas oceánicas, las circunstancias avivan la zarrapastrosa tesis de que hay que focalizarlo todo en un punto geográfico concreto para que las dinámicas no se dispersen. De esa forma, y al socaire de esas artes iluminadas por mentalidades provincianas, vuelvo a reparar en que la mayoría de las instituciones relacionadas con nuestros intereses africanos terminan por ser ubicadas machaconamente en una de las siete capitales, la de Gran Canaria, a la que no pretendo ni por asomo desvestir de sus justos valores, de sus tradiciones y de su empuje empresarial e industrial, traducido sin ir más lejos en las actividades y renovación constante de un puerto vibrante, como es el de La Luz y de Las Palmas, que se ha ganado a pulso ser uno de los máximos referentes del Atlántico Medio, aparte de la base de operaciones de instituciones multilaterales tan importantes como el Programa de Alimentación Mundial de la ONU o la Cruz Roja Internacional. Sin embargo, no hay que perder de vista que todo esto ocurre mientras África crece a pasos agigantados y se la disputan de manera cada vez más descarada las dos grandes potencias mundiales, China y los EE.UU. No por nada, Hillary Clinton acaba de realizar una amplia gira por diversos países subsaharianos que, aunque teñida de motivos humanitarios, apunta a propósitos puramente mercantilistas, dada la ingente cantidad de recursos naturales en juego, el incremento de los consumos y la progresiva presencia empresarial del coloso asiático, eso sí, tras engrasar la maquinaria del Africom, el comando yanqui creado para reverdecer innombrables escaramuzas en África contra el extinto Telón de Acero. En cualquier caso, una de las circunstancias discordantes a las que me refería antes es la más que probable exclusión de Tenerife de la Red de Transporte Transeuropea, que relegaría a esta Isla a un segundo término en esa vía africana y le usurparía unos recursos económicos vitales para aspirar a mantener su competitividad e internacionalización, un hecho que evidenciaría también que Bruselas, tan lejana, finalmente toma partido, como ya lo hizo Madrid al fundar Casa África, por Las Palmas. En última instancia, y como no me queda otra, reclamo bien alto y fuerte que #TFseMueve y proclamo que estoy a muerte con una campaña que reivindica un equilibrio coherente para una Comunidad que debe unirse más que nunca para afrontar retos tan complejos de subsistencia como los que asoman por el horizonte.