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‘Camelopardalis’

FÁTIMA HERNÁNDEZ * | Santa Cruz de Tenerife

No daban crédito a lo que estaban contemplando. Ya aquella mañana, comentaron con pavor los lugareños, el cielo se había mostrado extrañamente coloreado, no era el azul de siempre, el que iluminaba los días tranquilos y monótonos donde apenas ocurría nada o bien de repente -muy de tarde en tarde- pasaba algo inusual. El ruido no era familiar, no les resultaba conocido, los tímidos sonidos emitidos nunca se habían escuchado. Por eso, todos se mostraban extrañados y asustados ante aquella visión, monstruosa y aberrante, que desfilaba entre gritos y chillidos de la plebe. Dídulo corrió a buscar desesperadamente a su hermana, no quería que observara aquellas escenas, últimamente se hallaba muy sensible, estaba muy delicada de salud. Cadenas, maderas, látigos, sogas, jaulas, todo era enigmático y peculiar, curioso y original. Algunas mujeres, incluso, temerosas y presas de pánico, corrían y se ocultaban en sus casas, cerrando los postigos. Tenían miedo a ser alcanzadas por aquellas criaturas que iban saliendo de las barcazas, poco a poco, una a una, y cuya altura desorbitada no era normal en aquellas latitudes. ¿De dónde venían? ¿quién las había traído? ¿qué comían? ¿qué costumbres tenían? ¿se adaptarían con facilidad a estas tierras? Preguntaban, gritaban, exclamaban, observaban con los ojos abiertos -de par en par- a esas figuras que, elegantes, sutiles y pausadas, avanzaban poco a poco con pasos delicados, a través de la vía principal, estrecha y empedrada, al grito de unos hombres que -elante y mofándose- marcaban el avance con voces firmes y seguras. La talla desmedida que presentaban, la largura de sus cuellos finos, estilizados y delicados; aquellos diminutos adornos en sus cabezas, apenas perceptibles, como pequeñas protuberancias; las lenguas negras y tan largas que parecían pudieran alcanzar las orejas; el pelo rubio y brillando al sol; extrañas manchas diseminadas por sus cuerpos y aquellos vientres blancos y lisos… ¡qué raras! Marchaban juntas, todas unidas como una piña densa y compacta, a la defensiva ante el enemigo que les conducía hacia su destino. Cuando se alejaron, la gente retornó a la normalidad, todo volvió a ser como siempre, como cada día y cada hora, bullicioso pero no extraordinario, caótico pero nunca tan exótico… tan fascinante como aquella jornada matutina en el puerto, cuando ellas entraron por primera vez procedentes de África, después de un largo viaje por mar, camino de… la Roma imperial. Ostia Antica, antiguo puerto de Roma, se halla a unos veinte kilómetros de la urbe. Ahí, extraordinarios navíos, cargados de aceite, trigo, vino y todo tipo de mercancías (incluyendo animales) surtían a la ciudad. Corriente arriba se llevaba todo el material, a través del río Tíber, hasta el mismo centro de Roma. Ostia era un centro de negocios, con comercios, marineros, cambistas y empresarios navales. Crecidas del río, junto a otras circunstancias, acabaron con el puerto, que se transformó en un lugar cenagoso, plagado de mosquitos, un entorno que los arqueólogos sacaron a la luz muchos siglos después, para deleite de los que hemos podido pasear y recorrer con calma… dicho enclave.

Camelopardalis

Según el profesor Blázquez Martínez (1974), el más antiguo espectáculo de lucha de fieras que se tienen noticias en Roma data del año 186 a. C. y tuvo lugar 80 años antes de que se introdujeran los combates de gladiadores. Se comenta que Cómodo (180-193) mató en un solo día cinco hipopótamos y, en varios, una jirafa, dos elefantes y algunos rinocerontes. Las primeras fieras que se vieron procedían de África. Así, Tito Livio recoge la noticia de que en un espectáculo de fieras celebrado en Roma (169 a. C.) se exhibieron 63 animales africanos (entre panteras, leopardos, hienas y elefantes). En el año 58 a. C. (Blázquez Martínez, op. cit.) durante las fiestas organizadas por Escauro, se exhibieron un cocodrilo y un hipopótamo. Pompeyo, en la consagración de un teatro, presentó un rinoceronte y unos monos africanos. En las cacerías, preparadas por César en el año 74 a. C., los romanos vieron por primera vez una jirafa. El transporte de las fieras hasta Roma se realizaba por mar y durante la larga y compleja travesía muchos de los animales morían… aunque la mayoría lograba sobrevivir, como las asustadizas jirafas (Giraffa camelopardalis) que llegaron aquella mañana a Ostia Antica ante la perplejidad de todos…

Camelopardalis es el término para designar a la especie, del latín camelopardalis “camello leopardo”, que era lo que se pensaba en la antigüedad que era, una mezcla de estos dos animales.

*Conservadora marina del Museo de la Naturaleza y el Hombre