esto no se cobra > Cristina García Maffiotte

El certificado > Cristina García Maffiotte

Suena el teléfono en mi casa. Un señor muy amable al que no conozco empieza a hablar muy muy rápido para que no le cuelgue. Quiere venderme la fibra óptica que la multinacional que tiene contratada a la subcontrata que le encargó esta gestión a una empresa local acaba de terminar de tender en mi calle. Ese señor, que tiene su centro de trabajo en Argentina, sabe mi nombre, lo que gasto al mes en teléfono y donde vivo.

Abro el buzón de correo y me encuentro con mi vida laboral. Todos los años la Seguridad Social me la manda. Ahí compruebo lo que ya sé; las empresas por las que he pasado, todas en Canarias, y lo que no sé, pero intuyo; que me queda una eternidad para llegar a un mínimo de cotización. Recibo un SMS de la Agencia Tributaria que me indica que ya puedo consultar mi borrador de la renta. Un documento que indica donde trabajo, cuánto cobro, cuánto dedico al pago de la hipoteca de mi vivienda habitual y cuánto debo aún del coche.

Mi banco, bueno, no es mío, pero ya me entienden, también me manda, de vez en cuando, cartas en las que detalla todos y cada uno de los pagos que he hecho con la tarjeta y así compruebo cuánto he gastado, por ejemplo, en el súper de mi barrio o en la gasolinera habitual.

Otro que suele inundar mi buzón es El Corte Inglés. Unas veces con folletos y otras con recibos y dos veces al año, siempre puntualmente, Isidoro Álvarez, me felicita el cumpleaños y me manda, a mi casa, una postal navideña. Todo un detalle. Luego está el restaurante chino, la pizzería y el súper que me traen comida a casa, quienes con un solo dato mío, son capaces de retratarme en sus ordenadores y saben mi calle, mi teléfono y si soy más de rollito de primavera que de pato Pekín, de masa fina o tradicional, de Ariel o de Bosque Verde. Todo dios sabe donde vivimos. Dos búsquedas de ordenador cruzadas y en milisegundos cualquiera, y no digamos la administración, puede saber cuál fue la última muela que le empastaron. Sin embargo, cada vez que viajo necesitamos acreditar con un papel, en la era de los billetes electrónicos y la facturación por código BIDI, que vivimos donde vivimos. Eso no es lucha contra el fraude. Eso, simplemente, es la evidencia de que en este país todo el mundo es culpable hasta que demuestra su inocencia y que en España es más fácil poner a hacer cola a un millón y medio de ciudadanos frente a una ventanilla municipal que ordenar a varios funcionarios que crucen datos en un ordenador. Estamos para que nos rescaten, pero para que nos rescaten de esta panda de incompetentes.