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Como floreros – Por Carmelo J. Pérez Hernández

Hay un mal arraigado en la Iglesia que afea su rostro más que otras arrugas: me refiero a la envidia. Para que todos los dardos no me elijan como objetivo, que yo sólo hago de mensajero, pongo por escudo la denuncia que hoy hace el apóstol Santiago: “Codiciáis y no tenéis; matáis, ardéis en envidia y no alcanzáis nada; os combatís y os hacéis la guerra”. Dicho queda. Ojo, que no se trata aquí de hacer sangre. Si tocara hablar de otros colectivos que conozco bien, pues podría despacharme a gusto y ponerlos finos, pero no es el momento. Hoy se trata de avanzar en la construcción de la comunidad cristiana con el realismo de quien edifica sobre los materiales que tiene. Y lo que tenemos es un peligro permanente de perder la vida tratando de escalarla, usando como peldaños lo que sea y a quien sea, y olvidando que existir es un regalo que se reseca y apesta cuando no se celebra con generosidad. Eso ocurre con la vida propia y la ajena. Es cosa de la Sabiduría que hoy proclamamos en nuestros templos concluir que la envidia tiene su origen en la mediocridad. Y es asunto de la Psicología determinar que en gran parte responde a un errado movimiento compensatorio de la personalidad, que se sube a semejante carro para esconder un nivel enfermo de autoestima -por exceso o por defecto- y para evitar reconocer las propias carencias. Mediocres y acomplejados, no obstante, actúan a diario como protagonistas en el relato que es la vida. Y también en la marcha de la Iglesia. En la comunidad de los creyentes, sin embargo, contamos a modo de freno y de aliciente con la hoja de ruta marcada por nuestro Señor, referencia permanente para quienes buscamos amarle y seguirle. “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. Este encargo debería servir de exorcismo a quienes pierden el norte en aquella ridícula carrera por subir ¿a lo más alto? Tanto suben, suben tanto, tanto saben, saben tanto… que es más que probable que olviden por qué comenzaron la escalada. La solución es un niño, dice el Señor. En el centro de la comunidad, actuando de árbitro, la mirada limpia de un niño, que en cada persona descubre unos brazos nuevos a los que asirse para caminar juntos. Sin poner la zancadilla, sin aparentar, sin dobleces. El niño que Dios nos propone ser como vacuna contra la envidia que tanto arruga nuestra piel y distorsiona la vida comunitaria, ese niño, digo, es una criatura despreocupada, comprometida sólo con su crecimiento y con las sonrisas de los demás. Un ser orientado hacia lo alto, adonde mira porque ha descubierto que lo que de verdad importa le viene de allí, un regalo y una tarea. Pobre niño desamparado, rodeado de primeros, responsables, encargados, colaboradores más directos… Qué cansado debe estar de tantos floreros humanos. Altos, altos… e insípidos, insípidos. Algunos, muchos, huecos por dentro. En contraste, ese niño que estamos llamados a ser. Uno que nos invita a aprender a mirar hacia arriba sólo para buscar los brazos de un padre, el lugar más seguro del mundo, el único en el que somos realmente importantes.