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Démonos tiempo > Francisco Pomares

La principal enfermedad del tiempo es la prisa, que lo agota, reduce y consume. Vivimos demasiado rápidamente, recorriendo el tiempo de nuestros días a velocidad de vértigo. Lo que ocurre hoy por la mañana se olvida hoy mismo por la tarde, y el ruido de los medios condiciona una percepción absurda de una vida que sólo merece la pena, si se vive en veloz movimiento y constante agitación. El tiempo grave del pasado, el de las verdades políticas y religiosas, el tiempo cotidianamente lento de nuestros abuelos, ha sido sustituido en la vida de hoy por un gusto atrabiliario y perverso por lo instantáneo, alimentado por dispositivos y sistemas que nos conectan sin remedio al fluido inagotable de lo que ocurre.

Pero al contrario de lo que dice el refrán, aquí lo que abunda daña: nuestros juicios sobre el devenir no se soportan en valores probados y asumidos, sino en modas y opiniones cada día más volátiles. Una de las características que definen la modernidad es que -a fuerza de fijar nuestra atención en hechos tan cambiantes, distintos y a veces incompatibles entre sí- la realidad se pliega sobre ella misma, se vuelve cada vez más virtual, y nos instala en una permanente sensación de absurdo y maravilla: consumimos y procesamos acontecimientos tan contradictorios y magnéticos que es difícil navegar entre ellos sin perder el rumbo.
Consideramos el pasado en función del presente, lo construimos en base a nuestras propias necesidades de interpretación y justificación. Hoy recordamos la Transición como un heróico esfuerzo colectivo de la sociedad española, un tiempo en el que todo se hizo como debía hacerse para que España conquistara la mayor etapa de paz, prosperidad y democracia de su historia. Puede que fuera así, si así lo queremos recordar. Pero también puede ser que fuera de otra forma, que aquel tiempo de asesinatos en las calles, obstinada resistencia al cambio, presiones insoportables y renuncias democráticas, bordeara el desastre con la misma inconsciencia con la que lo acariciamos hoy.

Puede ser que esa Transición -cuyas virtudes y valores añoramos en este tiempo nuestro de desesperación y sin sentidos-, sea recordada como un momento feliz de nuestra Historia sólo por el éxito de los años que la sucedieron. Si eso es verdad, quizá esta crisis de ahora no sea el epílogo de una época de prosperidad, sino el prólogo de un tiempo próximo de cambios y progresos. Seamos optimistas, siquiera por un día: démonos tiempo. Porque no vivimos la época más dramática de nuestra historia. El pasado no fue necesariamente mejor. Aunque lo recordemos así.