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No des de comer al trol > Ylka Tapia

Esta semana, y aunque Facebook ha demostrado que la información es incierta, muchos usuarios se han llevado un buen susto al creer que sus mensajes privados quedaron expuestos públicamente, a la vista de todos en el muro. Algo que hubiera sido campo abonado para una especie que habita en la red y que no tiene visos de estar en peligro de extinción: el trol.

Preguntaba un político santacrucero, muy activo en las redes sociales, cuál es su definición. Pero nuestro gozo en un pozo: en esta ocasión la RAE no nos echa una mano -aun habiendo incorporado recientemente los términos tuitear, tuit y tuitero-, pero sí la productividad propia de nuestra lengua, la que nos permite asumir un significado: señor o señora con mala baba que ataca de forma personal a individuos, entidades, marcas, etc., mediante comentarios despectivos, insultos y/o amenazas; actividades que algunos colectivos denuncian como ciberacoso.

¿Y cómo reaccionar ante semejantes energúmenos? Según la Policía Nacional, y cito textualmente parte de uno de sus tweets, “buscan llamar la atención. Lo mejor: ignorarles / bloquearles”; vamos, no hacerles ni puñetero caso. Pero, me pregunto, ¿es siempre esta la mejor opción?

Las redes sociales nos proporcionan una vía directa para montar un pollo cuando algún producto o servicio no es de nuestro agrado -sirvan de ejemplo las compañías telefónicas, aseguradoras y líneas aéreas en Twitter y su continuo torrente de críticas. He aquí donde la delgada línea que separa al potencial trol del prescriptor de una marca la determina una pertinente atención (en este caso, online) al cliente.

Los tiempos han cambiado y las empresas deben desde ya adaptar sus herramientas de mercadeo a lo que dicta la red. Agachar la cabeza o dar la espalda puede destruir hasta la reputación más intachable.

@malalua