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Despojarse del miedo > Víctor Corcoba Herrero

No es bueno para nadie que los moradores de este mundo vivan instalados en el miedo endémico. La locomotora del crecimiento no avanza debido, en parte, a las impurezas que nosotros mismos hemos ido sembrando como mezquinos. Con urgencia, hay que despojarse de dudas y trabajar por la justicia, hacer piña común y practicar la rectitud, crear caminos donde habite la cultura del libre abrazo, forjar horizontes donde todos nos podamos sentir humanos, innovar, no para un buen eslogan político, sino para crecer como ciudadanos solidarios. Al fin y al cabo, lo que necesitamos es pasar cuanto antes de las palabras a las obras. Para nada nos interesa cultivar la desesperanza y el desencanto. Se habla de un fin de época, pero no tiene por qué ser apocalíptico, sino reflexivo, de búsqueda, de orientación. Son muchos los países que, en estos momentos, están haciendo reformas inconcebibles en otro tiempo. La misma vida es una incesante transformación, que nos exige optar decididamente por defender el interés del bien social, al que todos estamos llamados a escalar. De entrada, estas transformaciones deben inspirarnos un gran respeto. Más de un lector se estará ahora interpelando sobre ese bien social, como bien humano a proteger. Llevamos años en que la opinión pública está siendo adoctrinada sobre lo que es progresismo en cuestiones sociales, de sexualidad o familia. Está visto que la mayor apuesta de futuro es dar luz. Es el acto más progresista de todos. Hemos levantado mucho barro, mucha palabrería barata, cuando en realidad lo que el mundo requiere es menos ceremonias de confusión y más sentimientos auténticos. Ya lo decía Platón en su tiempo: “Debemos tener el valor de decir la verdad, sobre todo cuando se habla de la verdad”, y este planeta, hoy por hoy, sus dirigentes, hablan de la verdad con la maldita mentira de un lenguaje interesado. Así, resulta bastante complicado injertar confianza para que se pueda realmente promocionar ese bien común, conforme a la naturaleza social del ser humano. Al final, sucede lo que sucede, y es que el propio sistema llega a expulsar del ciudadano su humanidad inherente, volviéndolo un irresponsable y un irrespetuoso. No debe darnos ningún miedo el respeto a la persona como tal. En nombre del bien social, todos estamos obligados a respetar, dentro de un espíritu de sinceridad, los derechos humanos. Las autoridades, más aún si cabe, puesto que han de ser el referente de los deberes sociales. ¿Qué mundo es este que consiente que ocho centenares de mujeres mueran al día por causas evitables relacionadas con el parto? ¿De qué solidaridad hablamos en el planeta cuando el problema del hambre se centra en la capacidad de acceso al alimento? ¿Por qué cada día son más los países que cosechan un sentimiento general de corrupción política, de ausencia de respeto por el Estado de derecho? Lo preciso no es culpar a alguien, sino mejorar.

*Escritor