LA ÚLTIMA (COLUMNA) >

Diversificación > Jorge Bethencourt

La fotografía de hoy en las Islas Canarias es la de un fracaso. Un paisaje social lastrado por el paro, que es de lo que hablamos todos, en una economía agotada y escuálida. Y cada vez que escucho hablar, como solución, de la diversificación económica se me encoge la vesícula. Diversificar la economía no es necesariamente bueno. De hecho, casi todos los modelos de éxito suelen estar basados en la especialización. Canarias no puede tener una agricultura potente con un territorio limitado y difícil. No puede ser una potencia industrial sin materias primas disponibles y lejos de sus potenciales mercados. Así que, haciendo de la necesidad virtud, se especializó en aquello para lo que está mejor dotada: el comercio y el turismo. Y sin que lo planificara ningún cerebrito de los que diseñan el futuro a través del boletín oficial. Pero cuando decidimos integrarnos en el mercado común europeo, los canarios, atacados de una amnesia irreparable, apostamos por un modelo proteccionista que salvaguardara y subvencionara las exportaciones agrarias y las industrias locales. La bordamos. Dos décadas después el resultado es el naufragio económico de la agricultura y la industria, lo que demuestra que la economía no funciona con muletas, que las subvenciones sólo generan incompetencia y que lo que no puede ser no puede ser y además es imposible. De paso y en paralelo, creamos un modelo fiscal absolutamente incompatible con nuestras fortalezas económicas. Abandonamos nuestros viejos y probados sistemas de exenciones fiscales al consumo, nuestra tributación atenuada y nuestras libertades comerciales. Creamos más y más impuestos para edificar un castillo de naipes de administraciones engorrosas e intervencionistas, capaces de producir una diarrea cotidiana de normativas, reglamentos y disposiciones que hacen prácticamente imposible poner en marcha cualquier proyecto empresarial de una forma segura y rápida. El resultado de todo ese proceso está claramente expuesto en el naufragio del que somos testigos y, en cierta forma, protagonistas. Establecer que nuestros retos están sólo en el marco de las relaciones de Canarias con la Hacienda del Estado español es un colosal error. Ahí está sólo un problema coyuntural: la lucha por conseguir un trozo mayor del escaso pastel, pero dentro de un modelo equivocado. Las administraciones canarias necesitan una transformación radical. Un cambio de tamaño, de talante y de reglas. Y nuestra fiscalidad debe ser abolida por nuevos principios de viejas costumbres. No discuto que nos abonemos al sano deporte de darle patadas al tronco de Madrid, por si del árbol caen más peras. Nunca se sabe. Pero eso es sólo ladrar por más huesos.

@JLBethencourt