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Emilia Pardo Bazán > Luis Ortega

El Museo y la Fundación Lázaro Galdiano es una caja de sorpresas. La última -tras la feliz restauración de los inmuebles y ordenación de sus contenidos- llega en forma de libro, y casa perfectamente con la segunda afición del mecenas -reunir manuscritos originales de autores célebres- que fue también editor de la España Moderna. Detrás de la posesión, el hallazgo y la publicación de Aficiones peligrosas (Editorial Analecta, 2012) aparecen unos episodios curiosos que se remontan a 1888, cuando Barcelona celebraba su Exposición Universal y Emilia Pardo Bazán (1851-1921), que mantenía un criticado romance con nuestro paisano Benito Pérez Galdós, conoció al acomodado José Lázaro con el que, al parecer, tuvo también escarceos amorosos, que acabaron en una sólida amistad. La introductora del naturalismo en España colaboró en la prestigiosa revista y el intelectual millonario le abrió las puertas de los círculos literarios y periodísticos de Madrid. Aunque en el archivo y biblioteca de la prestigiosa institución figuran otros originales de la escritora coruñesa, la importancia de este manuscrito es que se trata de la primera novela, escrita a los trece años que, según el responsable de la edición, “es un texto de una precocidad extraordinaria, que anticipa lo que será más tarde una gran novelista”. Jesús Rubio Jiménez, catedrático de Literatura de la Universidad de Zaragoza, comisionado para dirigir una nueva colección de Textos inéditos y olvidados, con ensayos, estudios de carácter histórico y obras de creación, lo califica como “un elemento de obligatoria lectura para entender la evolución literaria de una de nuestras grandes narradoras”. Falta saber si la autora pidió a su amigo que no editara su obra o que éste la estimara sólo como un regalo curioso, entrañable, si se quiere, pero de escasa calidad o interés para sus selectos lectores. El texto añade otras vicisitudes a su azarosa existencia; en 1866 se publicaron un par de capítulos en un periódico pontevedrés y en 1936 desapareció, junto a otros documentos y objetos del palacete de Serrano, misteriosamente recuperados por su propietario. Sin ser un prodigio de precocidad, el mérito central de Aficiones peligrosas (cuya autora murió tal día como hoy hace ciento cincuenta y un años) es arrancar un argumento novelesco a partir de las lecturas, cuasi clandestinas, de una adolescente y el desparpajo estilístico que convirtieron a la antigua dueña del Pazo de Meirás en una figura de la literatura hispana.