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Entre políticos anda el juego > Ylka Tapia

Dos de los temas de la semana han sido, sin lugar a dudas, la dimisión de Esperanza Aguirre y el fallecimiento de Santiago Carrillo (mención aparte merece el embarazo de Shakira). Tanto en el caso de la política popular como en el del dirigente comunista, Twitter se convirtió en un potente altavoz, en un medio que se presta a informar y desinformar de todo hecho susceptible de ser noticioso.

No me malinterpreten; soy de las que se entera de cualquier noticia gracias a la obvia inmediatez que poseen las redes sociales. Pero también soy de las que valora los pros y contras de su uso indiscriminado, sobre todo por parte de la clase política. Ellos son los primeros en subirse al carro y, cómo no, a abandonarlo. Salvo honrosas excepciones (sirva de ejemplo Barack Obama y su equipo de comunicación), casi todos los políticos quieren tener “un Twitter” que luego, por supuesto, no saben gestionar o abandonan tras la campaña electoral de turno. No, así no.

Cuando un político posee un perfil, al mismo tiempo adquiere un compromiso social. No se lo puede tomar a la ligera puesto que, aunque no todo el electorado tiene presencia digital, Twitter representa una muestra significativa del pulso tomado a nuestro país, por ejemplo. Y es aquí donde debemos retomar el denostado debate de la exposición de los políticos; principalmente si estos adoptan una excesiva cercanía, perdiendo, en ocasiones, la corrección propia de su cargo. Ahora bien, quizá sea este el necesario punto de inflexión que requiere uno de los aspectos fundamentales de la comunicación política: aquel en el que queda claro quiénes son las personas que toman las decisiones que afectan al devenir de nuestras vidas.

@malalua