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Con tantos partidarios como enemigos, “dentro y fuera del partido”, la dimisión de la presidencia de la Comunidad y la renuncia a su escaño en la Asamblea de Madrid pusieron a Esperanza Aguirre (1952) en la ardiente actualidad, en el centro de todas las tertulias y en el meollo de las especulaciones. Nadie apostaba por un adiós tan imprevisto como discreto y nadie, ni siquiera Gallardón -“la derecha de la derecha”-, su conspicuo enemigo reaccionó con originalidad al mutis de esta madrileña garrida que deja tras sí muchos y poderosos cadáveres, entre otros, los untados en la operación Gürtel en la periferia rica, y famosos con poder orgánico. E incógnitas que el tiempo -la política es la política- despejará más pronto que tarde. Entre tanto sepamos las verdaderas causas de su espantada, no viene mal recordar su apretada biografía. Su primer cargo, concejala de cola, se le quedó corto y, paulatinamente, ocupó un escaño en el Senado -fue la más votada de España- y la presidencia de la Cámara alta que, “por primera vez en la historia, llevó faldas”. José María Aznar le hizo un hueco en del clan de Valladolid y, desde el Ministerio de Cultura, acreditó su rudeza ideológica y fue blanco -como el intelectual Fernando Morán de la derechona- de la progresía que multiplicó chistes a costa de su supuesta ignorancia y la contradicción con su cargo. Ganó las elecciones autonómicas -tras la cambiada de dos diputados socialistas, Tamayo y Sáez- en una repetición de los comicios que, como en las dos ocasiones sucesivas, se llevó por mayoría absoluta. Aseguró el feudo madrileño y mantuvo un duro pulso con el ambicioso alcalde que, sí pero no, esperaba suceder al dubitativo Rajoy; en Valencia, la férrea Espe se enfrentó directamente con el inseguro Mariano al que salvó, in extremis, su otrora amigo Camps, separado de cualquier posibilidad futura por un quítame allá esos trajes, un viaje papal y algunas otras minucias. Mientras unos atribuyen el abandono a cuestiones de salud -un tumor que reconoció públicamente y del que, al parecer, evoluciona positivamente-, los descontentos de Mariano -una especie de Hamlet de Pontevedra- lo hacen responsable, “por cuestiones más sustanciosas” de la eliminación de la mejor candidata a sucederle, cuando la crisis, que no sabe de geografía ni de buenas voluntades, se cobre su barbada cabeza como, a su tiempo, los mofletes de la Merkel. A cada cual hemos de reconocer sus méritos, y a Esperanza Aguirre, compartidas o contestadas, y si no lo contradicen los pertinaces perfiles de la realidad, su decisión y coherencia incuestionables, que la definen como una versión genuina y castiza del tea party.