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Galiardo y Larrañaga – Por Luis Ortega

Con escasa diferencia de tiempo y afectados por el mismo mal, el cine español – que siempre fue más heroico y aparente que rico y holgado – perdió dos iconos de galanes, “dos guapos por obligación”, con puntos en común y diferencias sustantivas que, por distintos caminos, entraron en el imaginario popular y que, entre luces y sombras, se mantuvieron en una industria sostenida por el valor y el riesgo de sus profesionales y la venal bendición y las corruptelas de las subvenciones. Juan Luis Galiardo (1940- 2012) nació en Cádiz, en el seno de una familia acomodada; abandonó los estudios de Económicas e Ingeniería “por una pasión irrefrenable” por el teatro y el cine, en cuyas escuelas oficiales se matriculó; participó, además, en la creación del Teatro Español Universitario, dirigido por Miguel Narros. Vivió una larga temporada en América, especialmente en México y Miami, donde gozó de cierta popularidad entre el público hispano. A su regreso y, con varios colegas, fundó la productora Penélope, responsable de Turno de oficio, que significó el lanzamiento de Juan Echanove, uno de los mejores nombres de reparto, con el que trabajó asiduamente. Profesional responsable no le hizo ascos a los papeles de reparto, dejó tras sí una estela de eficacia con títulos notables en el cine y en las tablas; trabajó dentro y fuera de España con directores notables – Mercero, Gutiérrez Aragón, Carlos Saura, García Berlanga y José Luis García Sánchez, , entre los españoles, con el que obtuvo el Goya al mejor actor – y con Charlton Heston, Ken Annakin, Enzo Castellari y Alberto Lattuada. La muerte le sorprendió cuando rodaba los últimos episodios de Gran Hotel y giraba por provinicias una disnísima versión de El avaro, de Moliére. Carlos Larrañaga (1937-2012), hijo y nieto de actores, estaba predestinado al espectáculo; debutó con cuatro años, apoyado en una saga notable Pedro Larrañaga y María Fernanda Ladrón de Guevara y su hermana la eximia Amparo Rivelles. Le ayudó su buena planta y su desparpajo, que le convirtieron en habitual de las carteleras madriñeás y dieron varios títulos a su filmografía. En la vida personal, mantuvo también su papel de galán con tres matrimonios y numerosas convivencias. Tuvo también un espacio de mérito,insuperado después de medio siglo de carrera, con un film de bajo presupuesto – El extraño viaje (1964), donde el genial escritor, actor y director Fernando Fernán-Gomez arrancó unos valores dramáticos inéditos a un actor preso de su físico y del descaro chulesco que marcaron su prolífica trayectoria.