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Un horror de error > Jorge Bethencourt

No hay nada más humano que equivocarse. Bueno, sí. Es mucho más humana la incapacidad para admitirlo. Y la vuelta del verano nos sorprende con una inundación masiva de humanidad en estado puro. Un espectáculo peripatético que nos sumerge en la sólida firmeza de esa cosa que son los poderes públicos con todos sus aparatos tentaculares y su numantina resistencia a admitir que se ha metido la pata hasta el corvejón. Las fuerzas del orden público y equipos de expertos de diferentes departamentos, a las órdenes de los juzgados, han dedicado once meses a buscar a dos niños desaparecidos en Córdoba. Excavadoras, equipos de georadares, expertos rastreadores… Durante casi un año se ha mantenido una incesante búsqueda de esas dos pequeñas vidas. Un año que ha sido también un relato permanente en los medios de comunicación de masas viscosas.

Mientras uno entierra muy profundamente el recuerdo de los niños desaparecidos en Canarias (porque las comparaciones de los medios y el despliegue de búsqueda nos llevarían a muy odiosas conclusiones), la noticia que ha caído como una bomba atómica sobre la actualidad es el informe de un reputado experto forense que ha descubierto huesos humanos, de dos niños, en los restos de una hoguera encontrada en una finca del padre de los desaparecidos, donde un informe forense policial sólo certificó la existencia de restos animales. Bueno. “La cagamos”, diría uno que dirían ellos. Un fallo terrible, de esos que duelen. Pero al fin y al cabo algo que siempre puede ocurrir en el trabajo humano. Pero no. Lo que atisbamos desde el primer momento en que se percibe el descomunal error es un desesperado esfuerzo mediático por encubrir la pifia. Y para demostrarlo no hay como mandar a un comisario a los programas del corazón para decir que “no se trata de un error sino de dos informes contradictorios”. Sí señor. Con un par. ¿Cuándo descubrió Colón a América, Jaimito? En 1800, señorita. No, Jaimito, eso es un error, fue en 1492. No señorita, no es un error, se trata de dos cifras contradictorias. Resulta terrible comprobar que además de falibles estamos en manos idiotas. Porque no reconocer de forma inmediata y contundente un error sólo contribuye a magnificar los daños colaterales. La oleada de estupor sigue creciendo mientras el circo nacional devora con alborozo a quienes intentan sostener en las manos un excremento de vaca diciendo que se trata de un albaricoque, haciendo bueno eso de que hay palabras que no casan. Como verdades políticas, inteligencia militar o policía científica.

@JLBethencourt