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Jugar con fuego > Juan Carlos Acosta

Crece imparable la alarma por la invasión islamista radical del norte de Malí. Los gobiernos de Senegal y Mauritania han manifestado esta semana su preocupación por el alcance de un nuevo régimen que pugna por consolidarse como un estado extremista de consecuencias incalculables al pie de sus fronteras. También el ministro de Asuntos Exteriores español, José Manuel García Margallo, habló estos días de ese foco fundamentalista de desestabilización que se encuentra a tan solo 1.300 kilómetros de Canarias, al que calificó de “zona de movimientos terroristas”, mientras que la Comunidad Económica de los Estados del África del Oeste (Cedeao) pidió a la ONU apoyo aéreo para combatir a los guerreros que se agolpan en torno a los territorios que circundan a la mítica ciudad de Tombuctú, faro de la cultura del Occidente africano.

Por su parte, Al Qaeda en el Magreb ha amenazado a Francia con ejecutar a sus cuatro súbditos secuestrados si se produce alguna intervención de la comunidad internacional, en tanto que sus hordas salafistas continúan imponiendo la sharia, el código del derecho islámico, en su lectura más atávica y represiva a unos habitantes que hasta principios de año vivían en uno de los lugares más tranquilos de esa región tan cercana a nuestro archipiélago. La aplicación justiciera de estos iluminados conlleva, además del rechazo visceral a la libertad y el menosprecio de la mujer, lapidaciones, amputaciones o azotamientos por actos tan veniales como cantar, bailar, fumar o beber alcohol, o la destrucción de monumentos, santuarios y otros elementos históricos que caracterizan el devenir milenario de este cruce de civilizaciones. Y todo eso ocurre al mismo tiempo que el universo musulmán se revuelve por la publicación de un vídeo absurdo y marginal en Estados Unidos, a lo que se han sumado otros medios europeos con la publicación de caricaturas alusivas a la intolerancia de una parte de esta confesión que practican cerca de mil millones de seres humanos en todo el planeta, y que ha acarreado ya decenas de muertos a lo largo de medio mundo.

Lo cierto es que la invasión del desierto maliense tuvo lugar a raíz del golpe de estado de marzo en Bamako, pero también por el desalojo cruento de Gadafi el pasado mes de octubre, que permitió que el gran arsenal con que contaba el régimen de Trípoli cayera en manos de múltiples facciones islamistas descontroladas y grupos de mercenarios que atravesaron el Sahel pertrechados hasta los dientes y se instalaron, aprovechando el desconcierto generado por la sublevación del ejército local, en ese enclave que hoy tanto preocupa a los proveedores de los ingenios militares con los que hoy defienden las plazas conquistadas, es decir a Europa, que fue el principal exportador de material bélico a la república del díscolo coronel beduino, eso sí, con unas cuentas de resultados nada desdeñables para las empresas especializadas de nuestro país, unas industrias españolas que precisamente participan este fin de semana en la mayor feria de armamento del continente vecino en la ciudad sudafricana de Pretoria, para apostar por un mercado pujante valorado en unos mil millones de dólares, que crece anualmente un 5%, y con el que cerramos este círculo vicioso con un “sálvese quien pueda”, pues queda claro a estas alturas que no podremos quejarnos mañana cuando ya hemos decidido hoy seguir jugando con ese fuego.