RETIRO LO ESCRITO > Alfonso González Jerez

Mala educación > Alfonso González Jerez

La reforma educativa del ministro Wert quizás consiga que los alumnos españoles de Secundaria que obtengan sus diplomas en 2025 sean buenos alumnos españoles de 1965, y ni de eso estoy convencido. Aunque su trascendencia sea difícilmente calculable, el debate sobre la reforma educativa es uno de los más aburridos y estúpidos que sufre en este país. Cada cambio de partido en el Gobierno trae la suya bajo el sobaco y el sobaco reformista es de cada cual: la peluda cueva donde anida lo que no se debe discutir. De esta manera, la reforma de la educación resulta, es España, parte del botín partidista, aunque cabe hacer una distinción. Los gobiernos socialistas han desarrollado reformas educativas más racionales y homologables con la de países de su entorno europeo, pero terriblemente ineficaces y, en particular, en el caso de los años ochenta (la LOGSE) trufada de un pedagogismo exasperante e insoportable. Las reformas del Partido Popular (y particularmente el anteproyecto aprobado ayer en Consejo de Ministros) han estado signadas por sus prioridades ideológicas y tienen una orientación contrarreformista: se pone mayor celo y entusiasmo en aniquilar la normativa anterior que en diseñar inteligentemente la propia, prescindiendo además de cualquier debate mínimamente riguroso y paciente con las comunidades educativas. Por último, hay actitudes que hermanan estos enfrentamientos y contragolpes legislativos: la oligofrénica indiferencia de socialdemócratas y conservadores hacia la formación profesional es uno de ellos.

Francia cuenta con un sistema educativo cuya articulación legislativa básica y orientación pedagógica han disfrutado de un amplio consenso político y social durante muchas décadas de funcionamiento ininterrumpido. La mayoría de los ciudadanos franceses, según las encuestas, se muestran satisfechos de su sistema educativo, sobre todo, en lo que se refiere a la educación primaria. No quieren que le toquen un pelo. En España resulta inimaginable. En España la educación -sobre todo, por parte de una derecha que desprecia el cultivo de los valores ciudadanos y desconfía de la autonomía de centros y docentes – es un campo de batalla político e ideológico. El señor Wert, que se ha ganado a pulso ser el ministro más detestado en un Gobierno que no levanta precisamente entusiasmo, ha planificado una reforma a la medida de sus principios y sus simpatías: mayor centralización en los contenidos, limitación de la evaluación del alumno a una carrera de exámenes, arrinconamiento discreto de las asociaciones de padres y madres, apertura indiscriminada a la educación diferenciada entre los sexos para que ningún colegio religioso se quede sin subvención. Pero, con todo, el principal combustible de esta reforma serán los presentes y futuros recortes presupuestarios del Ministerio de Educación: gracias a estas miserias la reforma conseguirá sus fines sociales e ideológicos con amplitud, contundencia y hasta brillantez.

@AlfonsoGonzlezJ