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Mamá Angela > Conrado Flores

La semana pasada, la canciller alemana Angela Merkel visitó España para entrevistarse con Mariano Rajoy. Y lo hizo como la madre que visita por primera vez el piso de su hijo recién emancipado, preocupada por si sabrá arreglárselas él solo. “¿Sabrá poner una lavadora?”, se pregunta, “¡si hasta hace poco le estaba haciendo yo la cama!”.

Y cuidado, para un hijo no es mucho más fácil. Sabes que esa primera visita es crucial porque tu madre no se desplaza al otro lado de la ciudad así, por cualquier cosa. Entonces te pones un poco nervioso, procuras tener verdura en la nevera y no dejar por ahí tirado ningún calcetín. Por supuesto, le dices a tu novia que no aparezca por allí ese día, porque encontrar a una mujer en tu piso podría causar un impacto demasiado fuerte en la persona que te dio la vida. ¡Pensaría que la has cambiado por cualquier otra!

Es entonces cuando entra en tu piso y mira con cierta desgana a su alrededor mientras te dice “el anterior inquilino fumaba, aún no se ha ido esa peste” y tú piensas “¿cómo? ¡Si fue por eso que eché ambientador antes de que llegara!”. Pero claro, está el olfato de un oso polar y está el olfato de tu madre. Después entra en la cocina a ver si tienes fruta – que tiene mucha fibra -, te abre la nevera para ver si tienes congelados – que son cancerígenos -, y pasa el dedo por la mesa para comprobar si hay polvo, porque cuando tenías siete años eras alérgico y “tú donde hay polvo no puedes estar”. Antes de irse te recuerda que hay que comer verdura y que no dejes el gas encendido, que se te puede prender fuego la casa.

Pues en ese plan vino Angela a nuestro país. Escéptica y desconfiada, a comprobar si tenemos las cosas en orden o no. También abrió nuestra nevera y el congelador, vio si habíamos hecho la cama, pasó el dedo por el aparador y nos dijo que no abriéramos la ventana porque se nos mete el calor. Y del mismo modo que una madre, se marchó pensando que al hijito aún le queda mucho por hacer.

Sobra decir que de esto en Alemania ni se enteraron. Allí el que vio a la Merkel por la tele junto a Mariano Rajoy pudo pensar que estaba visitando algún barrio turco de Berlín y que el señor de la barba era el imán de alguna mezquita. Pero es que ahora son ricos y la mayoría ya ha olvidado lo que era aquel país en 1923, cuando un dólar se cambiaba por un millón de marcos alemanes.