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El mayor incendio en la historia de Santa Cruz

CALLE DE LA NORIA Y TORRE DE LA CONCEPCION SANTA CRUZ
Imagen de la calle de La Noria presidida por la Torre de la Concepción. | DA

AGUSTÍN M. GONZÁLEZ | Santa Cruz de Tenerife

En agosto pasado el pueblo gomero de Valle Gran Rey sufrió tan de cerca la amenaza de un incendio forestal que su población tuvo que ser evacuada, algo que no sucedía en las Islas desde hacía tiempo. Numerosas casas y cuartos de aperos fueron pasto de las llamas.
Afortunadamente, estos casos son poco frecuentes en la actualidad. Sin embargo, siglos atrás los estragos por incendio eran algo demasiado habitual en las poblaciones, en las que la madera era el principal material constructivo.

La capital tinerfeña, Santa Cruz, sufrió en 1784, cuando aún era solo un embrión de ciudad, el mayor incendio de su historia, que arrasó medio centenar de casas. Cuenta el escritor Juan Arencibia que sobre las nueve de la noche del 28 de septiembre de ese año empezaron a repicar las campanas del Castillo de San Cristóbal, las de la iglesia de La Concepción y las de los conventos para avisar de incendio. El fuego había empezado en la planta baja de un edificio de la calle del Sol -hoy doctor Allart- en la que se vendía tea y otros efectos muy combustibles. El fuego se propagó enseguida a todo el edificio y a los contiguos. El Castillo de San Cristóbal escapó del fuego gracias a que el comandante general ordenó arrancar la estacada exterior, que era de pino resinoso.

La decidida actuación de los vecinos logró salvar numerosa documentación de los edificios de la Aduana, de la Administración de Tabacos y el archivo de la Comandancia, que estaba en el Castillo. Acudieron centenares de personas desde La Laguna, Tacoronte, Tegueste y Tejina para ayudar en las labores de extinción, pero alcanzó tal dimensión el fuego que no había forma de detenerlo. A la vista del cariz que tomaba la situación, amenazando con destruir a toda la población, el comandante general, el marqués de Branciforte, ordenó traer varias piezas de artillería y a cañonazos derribaron algunas casas para intentar aislar y controlar el fuego desbocado. La medida no resultó muy eficaz, pero al menos el estruendo de los cañonazos sirvió para alertar a las poblaciones vecinas. Al final consiguieron apagar las llamas durante la mañana del día 29.

Cuenta Arencibia que fue tan terrible aquel incendio que durante dos días más se mantuvo un retén para acabar con los rescoldos que aparecían por doquier, y para impedir los hurtos. Ardieron en el siniestro un total de 51 casas, muchas de ellas de gran valor. Según los cronistas, las pérdidas materiales fueron incalculables. Ardió la casa de la administración de la Real Hacienda, aunque pudieron salvarse los caudales y los documentos. Por fortuna, en los tiempos actuales es poco probable este tipo de incendios dentro de las urbes modernas. Algo bueno tenía que tener el cemento…