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Mónica Cavallé > Luis Ortega

Tras el farallón del Time, que abre la mágica cornisa del noroeste, la base del triángulo insular -piedra y bosque, proa al sur, alongados al mar de la aventura- un año más, Tijarafe liberó al diablo de su encierro y, entre luces y ruidos, acosado y acosador del gentío, confirmó la plenitud de las fiestas de La Candelaria. En esta edición -y queda como un hito en la memoria- los paisanos tuvieron un excepcional pregón que definió el cuerpo y el alma de un municipio que, contra las adversidades, apuesta por la inteligencia y la cultura como vocación y comportamiento. La filósofa Mónica Cavallé Cruz describió, con precisión elegante y oratoria diáfana, el papel de la mujer en un pueblo de emigrantes y, amparada en ejemplos próximos -su abuela y su madre- impartió una lección progresista, sin tentaciones dogmáticas y petulancias. Hechos a sorpresas ingratas e insolidarias, su intervención obró el efecto de convertir un tópico -el matriarcado canario, maquillado por el folclore y la sensiblería en muchas ocasiones- en una declaración de principios que los numerosos e identificados espectadores ratificaron con sus aplausos. Con bibliografía notable y una expresión oral espléndida, Mónica Cavallé Cruz entró en la médula del asunto -el rol femenino en este arisco medio, castigado por la falta de agua y el rigor de los propietarios absentistas- con conocimiento y ternura, con imágenes de intenso poder evocador que lograron la entusiasta complicidad de los asistentes. Reivindicó la vida plena y grata, capaz de resolver el sustento y el ocio y de aspirar, en las sucesivos escalones generacionales, a las metas más ambiciosas a partir del esfuerzo masculino de la emigración y de la permanencia abnegada de la mujer que defendió la tierra y administró, con esfuerzo y sentido, el logro de alcanzar la tierra propia, la que siempre cultivaron y la autonomía económica, es decir: la libertad. Fue un convincente alegato de la trascendencia de la intrahistoria -aclaró Cavallé Cruz que el término es de Unamuno- de una familia que, como carácter y paradigma, representa a todo un pueblo, que es “el que hace la guerra y la paz” -como escribió Galdós- y, aún más, enfrenta la dura y apasionante aventura de vivir cada día. Con dos palabras como norma. “trabajo y alegría”, tal y como lo resumía su abuela. Tijarafe se enriquece con las reflexiones objetivas y su literatura crece en la dirección de calidad que otra mujer, la recordada Dulce María Loynaz, le dedicó a mediados del pasado siglo en un bellísimo libro de viajes.