ahora África > Juan Carlos Acosta

Muchas dudas > Juan Carlos Acosta

Hoy pensaba ofrecerles datos sobre el desarrollo africano o algunas pruebas del interés de otras comunidades españolas que invierten en el continente vecino. Les iba a hablar del anuncio de la potente cadena hotelera Meliá relativo a su nueva política de expansión en las regiones subsaharianas, de la apuesta de los exportadores asturianos en los países de nuestro entorno o de la sucesión de informaciones que día tras día manifiesta la creciente proyección que nuestras multinacionales tiene en estos territorios, como la empresa española Acciona, que acaba de ganar un concurso para construir una gran central de energía solar en Marruecos, con un presupuesto en torno a 500 millones de euros.

Iba a emprender un resumen con los cientos de miles de registros de operaciones de todo tipo que se producen instantáneamente en los 54 estados que componen la realidad africana y de las transacciones colosales que se llevan a cabo en unos mercados ricos en recursos naturales y en consumidores ávidos de nuevos productos.

Estaba muy decidido a seguir por esa senda que llevo recorriendo hace años para apoyar la consolidación de la idea de Canarias como enclave geográfico estratégico para las inversiones occidentales cuando, de pronto, he sentido vértigo por todo este tiempo aplicado en un empeño que, más que nunca, se me antoja fútil.

Por eso, hoy me van a permitir que dude, no de las posibilidades que ofrece esa vertiente de internacionalización hacia la dirección más lógica, sino de las actuaciones que en ese sentido realizan nuestras autoridades, que son más bien pocas, espesas, efectistas y a escondidas. Se los digo yo, que estoy baqueteado ya en estas lides.

Nuestros políticos temen hablar de África y que la sociedad se les eche encima por gastar en la pobreza africana, justamente porque no se han molestado en explicar que ese continente, cercano a las Islas Canarias, es actualmente el más rentable para los países avanzados y también porque ejercen un paternalismo provinciano y cortito que nos aboca a repetir la diáspora de nuestros abuelos por el hambre.