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La noble actividad de la política > Antonio Alarcó

No es nada nuevo decir que nuestro país atraviesa momentos muy delicados, derivados principalmente de una gestión nefasta del anterior Gobierno, presidido por José Luis Rodríguez Zapatero, y de un cambio de ciclo económico y social al que nos está llevando una crisis sin precedentes.

El Gobierno de España está asumiendo la responsabilidad de asumir las reformas y ajustes necesarios para reconducir una situación que es mucho peor que lo que nos contaban, y les garantizamos que no está siendo nada fácil.

Crece el número de ciudadanos que cree ver en los políticos el origen de sus males, y el barómetro del CIS muestra que, junto al paro y a la propia situación económica, los encuestados ubican a la llamada “clase política” como uno de sus mayores problemas. Algo se estará haciendo mal, y habrá que rectificar y pedir disculpas, si procede.

Cuando se oyen las voces, afortunadamente minoritarias, de quienes pretenden hacer creer que los problemas pueden resolverse solos, sin más, acudiendo a un supermercado y robando víveres, se hace más necesario que nunca reivindicar los buenos gobiernos, pero también la cordura, la cortesía y la lealtad.

Recordamos, entre otras, las enseñanzas que nos legaron quienes fueron fuente de inspiración y modelo a seguir en los primeros pasos de nuestra consolidada trayectoria política. Entre ellos, los artífices de los pactos de La Moncloa o de nuestra Transición, o el papel de don Manuel Fraga Iribarne, tristemente desaparecido a principios de este año, después de prácticamente seis décadas de servicio al ciudadano.

Tuvimos el inmenso placer de compartir escaño y vivencias en el Senado con don Manuel la pasada legislatura, y de hecho, nuestros despachos estaban uno al lado del otro. Respetamos ejemplos como el suyo de vocación de servicio público, formación y lealtad a unas ideas. Esta inquietud lo llevó a fundar el partido Reforma Democrática, germen de Alianza Popular y del actual Partido Popular de España, del que fue presidente de honor.

Decía Fraga que la política es el arte de lo posible, pero que para lograrlo hay que intentar muchas veces lo imposible. Y es absolutamente cierto, no hay nada fácil en política, y la buena voluntad es peligrosa e iluminada.

Hay demasiada gente que pretende hacernos creer que se puede improvisar, pero no se puede improvisar. Tenemos que tener muy pensado a dónde queremos ir y cómo hacerlo, con un buen diagnóstico de la situación a la que nos enfrentamos y la valentía para asumir las decisiones más difíciles, aunque sean costosas políticamente.

Defendemos la política como la actividad más noble a la que puede dedicarse una persona, con el firme convencimiento de que es posible mejorar la sociedad en la que vivimos. Las soluciones a todo lo que pasa a nuestro alrededor se encuentran precisamente en la política, que no ha de ser un problema para los ciudadanos, sino una solución real y fundamentada a sus preocupaciones.

A este descrédito creciente de los políticos y de su actividad y funciones, también colabora el sistema de promoción de determinados partidos políticos, que no siempre ayuda a que los más preparados puedan tomar la iniciativa, lo cual termina dejándose notar también en las instituciones a las que acceden.

Necesitamos, por tanto, que se dediquen a esta noble actividad los mejores, renunciando a la endogamia y sin favoritismos, permitiendo que los más formados y comprometidos puedan integrar los equipos de Gobierno, pero también de la oposición, siempre sin saltar ningún escalón, antes de acceder al siguiente lugar.

Los políticos, a fin de cuentas, salen de la propia sociedad, y desde la humildad y el respeto a quienes nos han colocado donde estamos, no perder nunca la perspectiva de nuestra condición de vecinos. Somos, a fin de cuentas, miembros de una comunidad heterogénea y plural, y hemos de asumir las decisiones necesarias, pero siempre al lado del ciudadano, nunca frente a él, como meros administradores temporales de lo público.

En política hemos de estar de forma voluntaria, con la satisfacción del deber cumplido como único beneficio.

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