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Una parcelita de paz > Luis Aguilera

En tiempos de Pinochet se acuñó entre los exiliados chilenos una humorada tan cruel como descriptiva que dividía a los chilenos en tres grupos: los enterrados, los desterrados y los aterrados. En realidad los colombianos se la podrían arrogar con mayor propiedad para definir la larga y sangrienta noche de su violencia que se remonta a toda su historia. Pero es a mediados del XX que su virulencia y saña desatan toda su ferocidad. Primero en provincias del centro del país. Luego, su mancha genocida -de campesinos e indígenas principalmente- se extiende a todo el territorio nacional. En el trasfondo de esta tragedia han estado soterradas las causas económicas, que no suelen ponerse de manifiesto. En esos años cincuenta, los gobiernos de turno implantaron el terror para que los terratenientes se apoderaran de las tierras propicias para el cultivo del algodón. Dos de las tres grandes industrias del país eran fábricas textiles, primer producto no agrícola de exportación. Nunca apareció como tal sino como un odio partidario que se hizo quiste visceral entre liberales y conservadores.

Como consecuencia aparecen, no los justicieros, sino los vengadores, con personajes tan siniestros como Sangrenegra y el eterno Tirofijo, que sería después el padre supremo de las FARC. La policía asolaba pueblos liberales y los denominados bandoleros hacían su particular escabechina en los conservadores. Vinieron entonces las llamadas repúblicas independientes, como la de Marquetalia, ya con visos políticos y doctrinarios. De este modo, entre masacre y masacre y ríos infestados de cadáveres, al país le crecen otras guerrillas como el ELN y EPL, hasta desembocar, para mayor mal de sus males, en el narcotráfico que lo corrompe todo. Desde modestos funcionarios y alcaldías hasta el andamiaje judicial, el alto gobierno y el Senado. Y ya con tanto mal acumulado aparece para rematar la faena Álvaro Uribe. Con él y la ayuda de otra nueva peste, los paramilitares, se repite la política de espanto para dejar tierras libres para las corporaciones multinacionales. Se calculan entre cuatro y cinco millones los desterrados interiores. Como ya es imposible contar asesinatos, se cuenta por fosas comunes. El odio con que Uribe cohesiona liderazgo y popularidad lo extiende como veneno contra Venezuela y Ecuador. Y entrega sin pudor soberanía para las bases gringas, punto crítico en una negociación.

Con este vuelo rasante y carroñero intento mostrar en pocas palabras el panorama con que se encuentra el presidente Santos para intentar buscar una parcelita de paz con los grupos políticos en armas como las FARC.

No estaría nada mal que pudiera desatar el nudo en la yugular que no deja pasar oxígeno al cerebro nacional a ver si, por una vez, la sensatez vence a la demencia. Tengo dudas. Si no se ha modificado la ley, la guerra dobla el sueldo de los militares.

Las grandes multinacionales extractoras de minerales y de cultivos obtienen enormes beneficios tributarios por el riesgo. Las industrias de armamento extranjeras han hecho, de las matanzas, fiesta. La ayuda militar de USA no viene en caramelos. Pero démosle una oportunidad al optimismo y que haya regreso para los desterrados y paz para los aterrados.