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El recuerdo imborrable de Hemingway en La Habana – Por Othoniel Rodríguez

Muy conocida y comentada ha sido la aventurera y tormentosa vida de uno de los más grandes maestros de las letras del siglo XX, el escritor Ernest Hemingway (1898-1961), galardonado con los premios Pulitzer (1953) y Nobel (1954). Al autor de El viejo y el mar, obra que escribió durante su estancia en La Habana, en 1952, se le conocían varias aficiones: las corridas de toros, el boxeo, la caza, el whisky y una desmedida pasión por el béisbol. Era un fanático admirador del jugador de las grandes ligas el estadounidense Joe DiMaggio (1914-1999), considerado un icono de la cultura popular de EE.UU. de aquella época, por ser un prodigioso bateador y, también, por su matrimonio en 1954 con la mítica estrella de cine norteamericana Marilyn Monroe. Pero, quizás, la legítima y perdurable fama de este excelente pelotero se debe a haber entrado en el mundo de la ficción literaria de la mano de Hemingway, en el relato del viejo pescador de Cojímar. Dentro de la narración, el béisbol y la figura de Joe DiMaggio adquieren especial relevancia a lo largo de toda la obra.

Esta obsesiva afición por el béisbol llevó al escritor a conformar en la década de los 40 un equipo infantil de pelota en San Francisco de Paula, en su finca-mansión La Vigía, con sus hijos, vecinos y amigos, con los cuales completaba la novena Las Estrellas de Guigui. Y es en ese lugar, al suroeste de La Habana, donde Cuba atesora el recuerdo del genial autor de Adiós a las armas, ¿Por quién doblan las campanas?, Las nieves del Kilimanjaro, etc.

En esa finca-mansión La Vigía se encuentra el Museo Hemingway, lugar de refugio del escritor durante veinte años, hasta fecha cercana a su muerte, en 1961. Es la primera institución creada en el mundo para divulgar la vida y la obra del célebre premio Nobel de las letras. Recorrer esas instalaciones es como penetrar en su vida interior. Allí, podemos ver importantes documentos, piezas y objetos de gran interés histórico, el mobiliario original de la casa, la biblioteca, que guarda más de mil libros, el comedor con su diseño semejante a una taberna española, y su famoso yate Pilar, el mismo que utilizaba en sus aventuras marítimas y que le inspiraron a escribir El viejo y el mar. Toda la instalación está muy cuidada y vigilada, bajo los auspicios del Consejo Nacional de Patrimonio de Cultura. Pero también hay otros lugares que recuerdan su estancia en La Habana, como la placa de huésped de honor en el hotel Ambos Mundos, en la calle de Los Obispos, donde pasó sus primeras jornadas en la capital de la isla antillana. Y la impresionante estatua sentado en la barra del restaurante Floridita, donde cada atardecer se deleitaba escuchando buena música cubana y saboreando un exquisito daiquiri, ese cóctel cubano de gran fama internacional, especialidad de la casa, acompañado de unos canapés de langosta. Gracias, Hemingway por su inolvidable legado habanero.