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Reforma fiscal > Juan Manuel Bethencourt

De entre las múltiples variables que se encierran en el documento de Presupuestos Estatales para 2013, muchas de ellas preocupantes (recorte inversor salvaje, que se traducirá en más depresión), otras convenientes (panorama de estabilidad para empleados públicos y pensionistas, a ver si se mantiene), la perspectiva fiscal es una de las más relevantes si, como argumenta pertinaz el Gobierno, es preciso cuadrar ingresos con gastos. Por supuesto que esto tampoco es exactamente así, y que no se decide todo en vivir o no por encima de nuestras posibilidades, como demuestra la creciente factura de los intereses de la deuda, porque sin crecimiento económico nadie cree que podamos pagar nuestras facturas. Aun así es preciso recordar que el último impago de deuda pública española se produjo en 1861, así que hay cuestiones estructurales, relacionadas con la voracidad financiera actual, que es preciso abordar en la zona euro, y que siguen atascadas mientras suena la desafinada orquesta de la mal llamada austeridad merkeliana. Pero hablamos de impuestos. España debe incrementar sus ingresos para mantener lo mejor del Estado del Bienestar, equilibrar sus cuentas e impulsar el crecimiento económico.

En la actualidad, la recaudación en función del Producto Interior Bruto, de la riqueza relativa del país, es la más baja de la Unión Europea salvedad hecha de Lituania, Eslovaquia y Bulgaria. Una reforma fiscal es, por tanto, urgente, y no solamente por las prisas de la coyuntura y la rendición de cuentas a los hombres de negro. En este contexto, hay dos noticias plausibles en el documento de Presupuestos, aunque no serán ciertamente las más populares: la eliminación de la deducción por vivienda y la nueva fiscalidad de las loterías (20%). En el marco de una auténtica revisión de nuestro modelo impositivo, que no llega porque Cristóbal Montoro gobierna la Hacienda estatal a golpe de chascarrillo e improvisación, sí puede decirse que preferible es gravar los premios por juegos de azar que protagonizar un nuevo hachazo con un impuesto, el IRPF, a través del cual la clase media soporta todo el peso de la actual crisis. Todo esto es, no obstante, manifiestamente insuficiente, y el camino pasa por nuevas herramientas fiscales capaces de generar recursos públicos a través de las rentas de capital y los patrimonios ociosos. En definitiva, gravar al rentista, no al emprendedor. Pero para que eso llegue es preciso que Rajoy sea capaz de romper con cierta plutocracia empeñada en gobernar España esté quien esté en el Gobierno.