después del paréntesis > Domingo-Luis Hernández

Santiago Carrillo > Domingo-Luis Hernández

Recuerdo una intervención suya en el programa La Ventana de la cadena SER con Gemma Nierga. La periodista, protectora y preocupada por su salud, le preguntó, con expresión réproba, “¿pero don Santiago, es que usted aún fuma?” Él, impávido, respondió: “Sí, sí, fumo, y dicen que es muy malo para la salud”. Contaba con 94 o 95 años de edad entonces. Estaba lúcido, entero, sus reflexiones eran exigentes e incluso apabullantes en algún caso, hacía gala de un fino sentido del humor, manejaba la ironía como pocos en este país y fumaba. Luego, o las estadísticas fallaban o era un ser tocado por la gracia de los dioses. Y tal cosa, mire usted por dónde, en un comunista. ¡Quién nos lo iba a decir!

Contó Herrero de Miñón, en una de esas entrevistas que siguen inevitablemente a la muerte de un ser conocido (aunque no reconocido en su absoluta estima, como habría de ocurrir con él), que en un viaje que hicieron en su automóvil de Madrid al País Vasco, don Santiago habló, habló y habló. Cuando Herrero de Miñón se encontró sólo con su chofer, este le comentó: es historia viva, impresionante, nunca he aprendido tanto. Su capacidad de comunicar, de reproducirse con la palabra, de explicarse y explicar era sorprendente, y eso hasta el final de sus días.

Dirá la historia, pues, y con razón, que Santiago Carrillo contribuyó (con Adolfo Suárez, Manuel Fraga y Felipe González) a que eso que se llamó “transición” después de la dictadura de Franco llegara al puerto a que llegó. Su raciocinio y su generosidad dieron con la democracia que hoy conocemos y con la Constitución que hoy nos representa. Sin embargo, sería exagerado aplaudir en todos sus matices a Santiago Carrillo ahora, incluso o a pesar de su muerte cercana, en que todo se diluye, en que todo ha de contener solvencia.

Santiago Carrillo transitó por el momento peor de la España del siglo XX. Se comprometió con las posiciones progresistas y de izquierdas. Se enfrentó a lo ilegítimo y fue encarcelado en 1934. Luchó contra el golpismo con la decencia democrática como bandera. Desde su puesto en Madrid, defendió el frente contra la presión de Franco. Creía en un país que aspiraba al progreso, a la libertad y a la unión con el resto de Europa. Fue vencido. Y su declinar por el mundo dio con un exilio por países ignotos hasta que encontró París. Persistió. Su control del Partido Comunista lo hizo responsable de compromisos y conquistas fuera de España y de lo que en España sojuzgara las vilezas de Franco, con la organización sindical incluida.

Que dialogó con Stalin algunos hoy no le conceden especial mérito; que coincidió con Mao, tampoco. Lo que, no obstante, ha de subrayarse es que en sus espaldas sostuvo el peso de una organización que fue cimera en la retaguardia de la dictadura, y que esa labor dio sentido a las muertes injustificadas que la dictadura sumó. Gran parte de la decencia de este país corrió por cuenta del dirigente que fue Santiago Carrillo.

Pero tampoco es difícil dilucidar hoy por cuál fue el papel que se arrogó Carrillo en el proceso de la “transición” dicha. El Partido Comunista habría de ser incluido en el nuevo proceso electoral. A eso jugó Carrillo y a eso se avino a jugar Suárez por interés premeditado. Con una condición: la desmovilización. Que así fue. Y el ser de la desmovilización dejó intactos pecados que hoy aún sufrimos: el proceso debido a la memoria histórica o muertos sin enterrar en cunetas y descampados. La cuestión no fue poner en su lugar a cada uno de los contendientes con sus consecuencias; la cuestión fue dar pábulo a la derecha reaccionaria de este país a proclamar y a dirigir el olvido. Así nos va. Otro gallo cantaría de haber operado el Partido Comunista de otro modo y de haber sentado principios más exigentes. Y no el estalinismo inmovilista y jerárquico con que se fundió en ese trance y que dio lo que dio, casi la desaparición de la escena política. Pero eso no es todo. Está el más de Santiago Carrillo, lo que hemos de admirar, de salvar y de repetir por su magisterio. Dos cosas. Una: la familia.

A pesar de que don Santiago confirmara que se vio condicionado por una vida muy movida, sus hijos proclaman la firmeza: la ética y la responsabilidad, el cariño, la educación, el compromiso, la protección. Dos: es difícil encontrar a un dirigente político de los últimos años en España con un convencimiento tan claro de la calidad de la democracia como él tuvo. Carillo coincidió en tertulias con dirigentes históricos de la derecha, como el citado Herrero de Miñón o Martín Villa. Ellos no se desdijeron de su ideología; Santiago Carrillo tampoco. Pero eso no daba para que se consideraran enemigos. E impuso una condición: la dicha enseña ética con que se alumbra el rigor y defiende que los adversarios políticos son adversarios y no otra cosa, contribuyen a la convivencia y a la buena marcha de un país en su consolidación.

Aplastó decisiones poco meritorias del partido socialista cuando gobernó; fue contundente con la derecha (en especial con el gobierno de Rajoy) en los últimos meses. Su criterio contra el criterio de los otros, su sabiduría y su mesura contra la banalidad y la estupidez de quienes nos han gobernado y nos gobiernan. Eso es la democracia, y la voz encarnada en el compromiso democrático que Santiago Carrillo no sólo manifestó sino que probó para el bien de las almas de quienes habitamos un país muchas veces infausto.