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Santiago Carrillo – Por Luis Ortega

Sólo un fumador convicto y confeso valora la fruición con la que el viejo asturiano aspiraba su pitillo antes de soltar una genialidad o una malicia. En un ciclo confuso e ilusionado los voceros de un comunista local, que acabó en el rentable negocio de las consultoras de todo y nada, le postulaban -¡menuda bola!- como sucesor de Santiago Carrillo Solares (1915-2012) en la secretaría general del PCE. Vivía aún el general o, por lo menos, la lucecita de palacio permanecía prendida para sosiego de su tutelado pueblo. A una pregunta con mala leche, respondió el sabio tranquilo con cuajo astur. “Ese señor vale lo mismo para un roto que para un descosido. Si le llamara Franco, todo es posible, se quedaría a vivir en El Pardo”. A unas horas de su tránsito y, con el humo elíptico en torno a su figura amable, recuerdo esta anécdota de la docena de encuentros, casi siempre profesionales, que tuve con uno de los grandes protagonistas de la transición, el domador que templó a sus radicales para posibilitar un proyecto común de convivencia. Hijo de un dirigente histórico del PSOE y la UGT, afiliado a las Juventudes Socialistas y, más tarde, fundador de una fuerza comunista radical, dirigió este partido entre los años 1960 y 1982, año de la gran victoria de Felipe González. Pionero del eurocomunismo, ningún acontecimiento de este siglo le fue ajeno, como protagonista o testigo crítico y, sin duda, amortizadas ambiciones y vanidades, no hubiéramos contado con mejor cronista de este siglo canalla que ciertos cínicos y adocenados se esfuerzan en reescribir. Deja muchas respuestas en el tintero, una inquina de la España triunfante, revanchista y airada, que le seguirá más allá de la tumba y una extensa bibliografía con veinticuatro títulos -la mitad dedicados- donde su pulsión progresista y, a veces enojada, a las transformaciones y riesgos de la nueva nación, construida a fuerza de generosidad y renuncias que, como todo en estos lares, se reparte de manera desigual. Conservo también una foto, tan buscada como azarosa, en el Club Siglo XXI, donde Fraga Iribarne -casi nada- presentó con tino y altura rumbosa a Santiago Carrillo en su primera conferencia en este foro madrileño. Desde el celuloide, ambos sonríen y a mí me toca un cierto asombro pueblerino pero no estoy seguro que hoy, entre el chaparrón y la indiferencia, los dos colosos de la política española muestren tan buen humor como entonces.