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Sobre las cenizas > Jorge Bethencourt

Ahora que los bosques son ceniza, uno puede repasar en calma el comportamiento público de nuestras autoridades. En el charco purulento de sus acusaciones, descalificaciones y reproches, está la crónica más descarnada del grado de inutilidad manifiesta a que ha llegado esto.

Las desgracias son tan inevitables como la fortuna. Siempre habrá un imbécil o un enfermo que prenda fuego a ese monte que la administración protege de nosotros mismos. Lo que nos hace más o menos eficientes no sólo es la capacidad para educar a nuestros jóvenes para que aprendan a amar y a proteger nuestro patrimonio vegetal, sino la capacidad para reaccionar ante la adversidad. Hace muchos años había menos incendios provocados. La gente estaba más en contacto con el monte y menos con la televisión. Pero de cuando en cuando se prendía un fuego. Y entonces, con muchos menos medios, todo el mundo arrimaba el hombro para salvar los árboles.

Los nuevos tiempos nos han traído nuevos comportamientos. Lo primero en que piensan los responsables públicos ante una calamidad es en los titulares del día siguiente. En cómo salir mejor en la foto. Y tal vez, como beneficio secundario, en cómo hacer que el rival electoral salga peor parado.

Y así, mientras las llamas prenden en los bosques, el fuego se extiende por la literatura política donde hay más pirómanos que en la vida real. Hasta el más sensato de los cargos públicos, en un momento dado y con el adecuado estímulo, se puede convertir en un tipo vestido de bombero que riega con saliva hecha de gasolina el monte de la cordura.

Acabados los fuegos, lo que queda escrito es un cruce inútil de acusaciones y deslealtades institucionales. Una extensión de esa guerra inútil en la que nadie sabe y a nadie le importa quién fue el primero en abrir fuego. El saldo no son, solamente, las hectáreas quemadas, sino el daño público supuestamente causado a la competencia. Que Marruecos nos haya mandado unos hidroaviones mientras Madrid se miraba el ombligo es motivo de sarcástica sonrisa. Que el Gobierno de Canarias se haya tostado el verano entre el hollín de islas que pedían más medios que otras islas, provoca otras sonrisas en la competencia.

Otra realidad es que acabado el fuego queda menos país que antes de la desgracia. Que no sólo perdemos los bosques, sino la escasa confianza que nos queda en este desgraciado elenco de incompetentes cuya ocupación consiste en evitar quemarse en los telediarios y en arrimar las brasas de la desgracia a la sardina de sus intereses electorales. Serán cenizas, más no tendrán sentido.

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