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Timoratos y fanfarrones – Por Luis del Val

A finales del siglo XV los López de Villanueva, una familia judía residente en Calatayud, huyeron hacia Francia, después de que el tercer miembro de la familia fuera quemado en la hoguera. Allí emparentaron con los Eyquem, y un biznieto del último bilbilitano abrasado en las llamas inquisitoriales, Michel de Montaigne, “inventaría” lo que hoy denominamos ensayo. En uno de ellos afirmaba que “el cobarde sólo amenaza cuando está a salvo”. Basta contemplar la fanfarronería nacionalista, esa jactancia cansina que alienta las bravuconerías con el objeto de jugar luego a ser prudente, para darnos perfecta cuenta de lo que quería decirnos Montaigne, y sólo es necesario observar a los aplaudidores de los terroristas, que nunca se atrevieron a jugarse unos años de cárcel, y se creían héroes por quemar unos contenedores de basura, para tener frente a nosotros al arquetipo del cobarde. Fanfarrones y cobardes se crecen a medida que observan que quienes les deberían plantar cara se muestra asustadizos y timoratos. Es lo que más enciende a los matasiete, que suelen avanzar en cuanto ven que los demás retroceden. Mientras nos estamos jugando el futuro a corto y medio plazo, es decir, lo que va a ser el marco económico de aquí a diez, doce años, se suceden las baladronadas de los jaques, que prometen que los cojos andarán, los ciegos verán, y los tesoros de la fortuna se derramarán sobre las cabezas de todos los creyentes, en cuanto consigan la independencia, como en otras partes prometen que merece la pena morir para ver a las huríes que esperan con sus jarros de miel. Pero los cobardes no están dispuestos a morir. Lo que están decididos es a molestar, no por vicio, sino por defender el puesto que justifica su nómina. Es lo único que les interesa, y les da lo mismo que se hunda el mundo si pueden prolongar la estancia de su culo en el correspondiente sillón.