sobre el volcán>

Arqueología afectiva> Por David Sanz

La posibilidad de encontrar viejos amigos es una de esas cosas que han facilitado las redes sociales. Compañeros del colegio, como en mi caso, que por requiebros de la vida pasaron a ser material memoria y, de repente, vuelven a colarse y hacer un hueco en el corazón, de donde ahora compruebo que nunca se habían marchado.

De este reencuentro, me ha encantado comprobar que, a pesar de todo, salimos relativamente bien parados aquellos enclenques muchachos del colegio San Fernando que crecimos en medio de una anemia de recursos educativos, y de otro tipo, propia de la época. Sin clases de gimnasia, ni un laboratorio, con aulas saturadas, recibíamos unas raspas de inglés como todo segundo idioma, con horario partido, sin refuerzos, con algún que otro maestro que todavía se le iba la mano, inhalando el humo del puro del director, heredando libros y camisetas de los hermanos, con un suelo de piche como todo campo de juego que desollaba literalmente las rodillas, con padres ausentes por sus muchas obligaciones y con el parque Viera y Clavijo como el escenario donde aprendimos el placer del pecado. Una generación cuya única prueba gráfica de que existió y compartió ocho intensos años de vida es una foto de grupo hecha en la fábrica de Danone.

Este salto en el tiempo da que pensar sobre lo mucho que ha avanzado la educación pública desde esos primeros años de la democracia hasta nuestro tiempo. Hoy el colegio San Fernando no es aquella reserva de maestros próximos a la jubilación, sino un centro moderno con los más avanzados recursos pedagógicos. Pero esta mirada atrás sirve también para calibrar lo frágil que es nuestro sistema, que con dos recortes presupuestarios este Gobierno está dispuesto a tirarlo por la borda. Si alguien no frena esta deriva, volveremos al San Fernando de finales de los setenta, que iba en Kelme, mientras el cinturón privado que formaban colegios como el Hispano Inglés y la Pureza andaba sobre unos Adidas. Ahora que los servicios públicos, como la educación, están siendo cuestionados como nunca, disfruto recordando el orgullo que sentíamos cuando ganábamos al baloncesto a uno de esos gigantes privados. Espero que esta satisfacción, tan grata para la nostalgia, no la vuelva a experimentar nadie. Sería síntoma de que hemos retrocedido demasiado.