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Austeridad o farsa> Por Juan Manuel Bethencourt

Palabras de Enrico Berlinguer: “La austeridad no es hoy un mero instrumento de política económica al que hay que recurrir para superar una dificultad coyuntural, para permitir la recuperación y la restauración de los viejos mecanismos económicos y sociales. Así presentan la austeridad los grupos dominantes y las fuerzas políticas conservadoras. Para nosotros, por el contrario, la austeridad es el medio de impugnar por la raíz y sentar las bases para la superación de un sistema que ha entrado en una crisis estructural y de fondo, no coyuntural, y cuyas características distintivas son el derroche y el desaprovechamiento, la exaltación del consumismo desenfrenado. Austeridad significa rigor, eficiencia, seriedad y también justicia, es decir, lo contrario de lo que he conocido y pagado hasta ahora y que ha conducido a la gravísima crisis cuyos daños hace años que se acumulan y se manifiestan hoy en todo su dramático alcance”. No hace falta ser eurocomunista para entender, y compartir, el sentido de estas palabras pronunciadas por el líder izquierdista nacido en Cerdeña, uno de los mejores dialécticos del convulso siglo XX. Tampoco hace falta ser marxista para entender que la Historia, circular hasta el capricho, siempre regresa, primero como tragedia y luego como farsa, pero en ocasiones como tragedia sucesiva que a su vez justifica una farsa, como ocurre con el discurso político en el tiempo presente. Porque la austeridad, un concepto asociado con valores beneficiosos para la sociedad, sinónimo de virtud incluso, es utilizada hoy para perpetrar en su santo nombre las más impúdicas decisiones, comenzando por la mayor transferencia de riqueza conocida desde las clases medias y populares de este país hacia los chamanes del sector financiero, esos que, según una firma consultora de turbio pedigrí, necesitan 54.000 millones de euros del contribuyente para tapar el agujero de sus apuestas de casino. Esto ocurre porque, no es nuevo resaltarlo, las palabras han sido tan manoseadas que significan lo que uno quiere que signifiquen, hasta el punto de obviar que la austeridad es en todo caso antónimo de derroche, no de redistribución, equidad o igualdad de oportunidades, principios tan pasados de moda hoy como los discursos de la vieja socialdemocracia igualitaria. Pero seamos optimistas con fundamento. ¿Hasta cuándo la falsa austeridad? Va un pronóstico arriesgado: una vez probado su fracaso como herramienta de política económica capaz de producir recuperación, crecimiento y empleo, en 2013 contemplaremos su declive.

@JMBethencourt