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La caída de un imperio> Por Francisco Pomares

Miguel Concepción, presidente del holding propietario de Islas Airways, ha responsabilizado a Binter del cierre de su empresa. Y el presidente Rivero, al Ministerio de Fomento, otra grave afrenta a Canarias. Pero la quiebra de Islas tiene otras explicaciones: con un capital social de 40 millones de euros, aportados íntegramente por SOAC -el holding de Concepción-, la auditoría realizada a Islas ya en 2010 reconocía unas pérdidas acumuladas de 38 millones, lo que dejaba a la empresa con un valor patrimonial de sólo dos, una cantidad ridícula para sostenerse en el mundo del transporte aéreo.

Lo más chocante del caso es que el holding, auditado por una consultora distinta de la que audita Islas -eso es ya en sí una irregularidad- sigue valorando en 40 millones de euros la compañía aérea, manteniendo un artificio contable de los que tiran para atrás y que -si se depurara- colocaría de facto a todo el grupo en situación de quiebra. No es, pues, de extrañar que también Traysesa se enfrente a una concursal.

En los últimos años, el tinglado de Concepción ha sobrevivido porque el Gobierno de Canarias le ha adjudicado más del sesenta por ciento del total de la obra licitada en las islas, repitiendo un formato inaugurado por el presidente Rivero en su etapa de consejero de Obras Públicas del Cabildo. Ese escándalo se mantuvo a pesar de las denuncias de Fepeco, porque la nuestra es una isla de omertás. Pero cuando la crisis provocó el frenazo a la inversión pública, todo el negocio de Concepción colapsó.

Eso es lo que ha provocado la quiebra de sus empresas, no la denuncia de Binter o la actuación de Fomento, que -diga lo que diga Rivero- aún no le ha bloqueado ni un solo euro a Islas Airways. El problema es otro, y más grave de lo que se cree: porque para escapar a la voladura patrimonial, y durante un tiempo, Concepción (que ya había ensayado con éxito la fórmula cuando compró gracias a un multimillonario crédito de CajaCanarias la empresa segoviana Construcciones Pérez Pozas, a la que luego arruinó), Concepción, digo…, acudió a la Caja y logró que se le financiara una gigantesca pelota que hoy supera los veinte millones. Sólo siete u ocho de esos millones pueden considerarse -con mucha generosidad- de giro normal. El resto es un inexplicable agujero que pone de los nervios a los directivos de La Caixa, y que algo tiene que ver con el apartamiento de la nueva dirección a los responsables de esas operaciones. La caída del imperio Concepción sólo ha comenzado a desvelar lo que hay debajo. Habrá mucho más. Por eso algunos de los viejos amigos ya están poniendo tierra por medio.