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Cáncer compartido – Por Carmelo J. Pérez Hernández

Nos corre a todos por la sangre un cáncer que nos devora sin que los médicos puedan ponerlo en su punto de mira ni haya terapia química alguna capaz de disolverlo. Me refiero a la común tentación de vivir esperando. Me explico: creo que en general hacemos nuestra vida como si lo mejor estuviera aún por venir. Han de llegar las mejores relaciones, la mejor consideración de uno mismo, los mejores momentos con la familia, el mejor instante profesional. Sobre todo, en las calderas de nuestro interior vivimos cocinando permanentemente una idea de lo que significa vivir y por lo que vale la pena luchar sin que lleguemos nunca a concretarla del todo.

Ya sé que vivir esperando tiene un matiz positivo: el que aún espera no se sienta en el camino convencido de que ya sólo la muerte es su futuro. Cierto. De hecho, para un cristiano, vivir es esperar, a veces contra toda esperanza. Pero yo me refiero ahora a ese cierto inconformismo neurótico que revela, no el deseo de mejorar, sino la honda insatisfacción de quien se ve a sí mismo caer en el vertiginoso pozo de la falta de sentido.

Sobre ello nos advierten hoy las lecturas de la Biblia que proclamamos en las misas. Llega un momento en el que hay que dejar de esperar y apostar sin reserva, sin guardarse nada para sí mismo. La madurez de la fe está vinculada a ese momento: cuando se ha vivido lo suficiente como para saber que mil alegrías jamás podrán equiparse a vivir de cara a la fuente de toda alegría, a entregar la vida sin reparos al autor de la felicidad.

Un corazón sensato. Eso se nos anima a pedirle hoy a Dios. Con el paso del tiempo he concluido que prefiero tener entre mis cercanos a un hombre sensato que a cientos que destaquen por su inteligencia o por otras capacidades. Nunca habrá suficientes hombres sensatos en nuestra vida, ni en la Iglesia, ni en nuestra Diócesis. Ése es el drama.

La sensatez que Dios regala es la que necesitamos para descubrir el tesoro, abrazarlo y pasar de largo ante los entretenimientos que tiran de nosotros hacia el fracaso. Pide conocer a Dios y seguirle de todo corazón, seas lo rico que seas, tengas por dentro y por fuera lo que tengas. Ésa es la sabiduría que necesitas para no seguir esperando sin sentido. Desde esa atalaya se contempla el mundo con una radical libertad, con la sensación de asistir a una historia hermosa, puesta en marcha por Dios… Hermosa y con sentido: una bella excusa para encontrarse, conocer y amar al autor de la vida es este mundo y es esta vida.

De camino, nos toca colaborar a que la vida de todos sea mejor. Será juntos cómo lleguemos a Dios. Será así cómo desplegaremos todas las posibilidades que se esconden en nuestra carne: el amor las hace brotar y las cultiva. Esperar contra toda esperanza, sí. Pero sin la mirada perdida de quien no es capaz de distinguir en medio del bosque aquel árbol que da sentido al paisaje. En un cierto sentido, ya no hay que seguir esperando. Él ya está aquí.

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