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Capitulaciones

Por Rebeca Díaz-Bernardo

Muchas veces escuchamos hablar de contratos prematrimoniales, también llamados capitulaciones. La gran mayoría de las veces lo que conocemos, gracias a la prensa especializada, son los acuerdos a los que han llegado tal o cual famoso antes de casarse con su pareja igualmente famosa. Básicamente, conocemos que se trata de cláusulas que protegen a uno u otro, o a ambos, en prevención de esos sonados divorcios que protagonizan actores, modelos, empresarios multimillonarios o miembros de familias reales. En ciertas comunidades autónomas son obligatorias antes de sellar el amor ante un juez o un cura, y también hay ciertos profesionales que lo hacen como futura protección a sus cónyuges en caso de bancarrota o embargo, no todo el mundo se anima a firmar un acuerdo prenupcial porque parece como que estamos dando por hecho que ese matrimonio va a acabar más tarde o más temprano. Sin embargo, he aquí capitulaciones más o menos disparatadas que se han propuesto y que además han sido firmadas:

Un hombre que había estado casado anteriormente con una mujer que padecía de obesidad mórbida, cuando decidió volver a contraer matrimonio incluyó una cláusula de sobrepeso, por medio de la cual si su nueva esposa subía más de 70 kilos o él más de 100, el divorcio sería inmediato y el que hubiera sobrepasado el límite de peso sería quien pagaría al otro. Yo me quedo boba con estas cosas, porque por mucho que este señor padeciera la obesidad de su ex, a ninguna mujer (creo) se le ocurre hacer firmar algo parecido en caso de arrugas o calvicie masculina.

Luego, hay parejas jóvenes que deciden imponer un mínimo de tres veces por semana de práctica sexual, mientras que por el contrario, las parejas más mayores suelen proponer un mínimo de dos veces al mes, y entonces lo que pienso es, si a los jóvenes les va la marcha tantos días seguidos y a los mayores ya no tanto, ha de ser porque es cuestión biológica lo de tener ganas. O sea, que con la edad apetece menos a menudo, pero como te haya pillado 20 años atrás una capitulación de esas de “tres/ siete”, en cuanto cumplas los 50 yo que tú empiezo a buscar un muy buen abogado porque te van a sacar los cuartos.
También hay cláusulas de no fumadores hacia personas que sí fuman, en las que se prohíbe hacerlo dentro de la vivienda y la variante del compromiso de dejar de fumar en caso de embarazo, sea quien sea de los dos el que fuma. En un hogar donde habrá un bebé no hay lugar para el tabaco y ahí no tengo nada que decir, porque donde hay confianza, da asco y aunque al principio te prometieran no fumar en casa, basta una mini crisis para que un cigarrillo sea encendido en la cocina y en un mes te fuman en todas las habitaciones. Pues no.

Otro hombre incluyó en sus capitulaciones un mínimo de cuatro comidas caseras a la semana y concluyó que si no las tenía, entonces su mujer no podría pedirle que le acompañara de compras esa misma semana. Esta me hizo gracia, porque me puedo imaginar al pobre hombre rezando para que ella no tuviera ganas de cocinar y así poder librarse del paseíllo por un centro comercial. Y otro de una señora, cuya madre debe ser tela marinera, y que hizo firmar a su nuevo marido que por cada vez que él fuera desagradable con los padres de ella, tendría que pagar unos 10.000 euros, o el caso de otra chica que debió sufrir lo suyo con anterioridad, y que propuso que su marido solo podría ver un partido de fútbol en domingo por temporada.

Luego ya están los exámenes periódicos para comprobar si se han consumido drogas, aunque yo creo que esto suele ser más bien tema de celebrities y compañía que suelen pasar más tiempo en clínicas de rehabilitación que en casa, y el último, mi favorito: una futura esposa hizo firmar a su prometido que él sería puntual cada día al llegar a casa después del trabajo.

Conclusión, ante el vicio de pedir, está la virtud de no dar, así que cada uno es libre de firmar lo que quiera, pero ojo que el papel aguanta lo que le echen y luego hay que cumplir.