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Ciudades que innovan> Por Juan Manuel Bethencourt

Se asoma, en el debate sobre las ciudades del presente, una falsa disyuntiva entre tradición e innovación. Esta percepción se basa en la no menos errada idea de contemplar la estampa actual de nuestras calles como si se tratase de una foto fija, y no como lo que es, el producto de años e incluso siglos de convivencia. Esto afecta a la perspectiva arquitectónica en la vertiente digamos más sociológica de esta disciplina, aquella que permite definir espacios en los que la gente trabaja, convive, se enamora, disfruta del milagro de la comunidad. Como ha señalado recientemente Oriol Bohígas, no es un problema, sino todo lo contrario, la convivencia entre hitos arquitectónicos de distinta época, inspiración y corriente, siempre que se vean acompañados por el atributo innegociable de la calidad. “No hay que tener miedo a intervenir. Una ciudad tiene que servir. Lo peor es que el que protesta contra lo moderno muchas veces tiene razón. Porque lo moderno rara vez está a la altura por incapacidad o por inmoralidad de los arquitectos”, ha señalado el proyectista catalán, que también alerta contra la nostalgia de lo no vivido, uno de los sentimientos más potentes, y tramposos, que anidan en el cerebro del ser humano. Porque a veces pensamos que siempre hubo un pasado idílico, sea éste el empedrado renacentista o la cueva guanche, en todo caso algo lo suficientemente lejano como para no tener que pasar por el filtro implacable de la realidad. Estimo que quienes tenemos algo que aportar sobre el desarrollo de nuestras ciudades hoy, esa infinidad de agentes políticos, económicos y culturales con voz propia y ganas de usarla, tenemos la responsabilidad de superar las muletas de este prejuicio, tras el que se esconde la ciudad momificada, incapaz de innovar, de ofrecer oportunidades, de reinventarse y abrir paso a las ideas. En el caso concreto de San Cristóbal de La Laguna, es preciso recordar una obviedad: su condición actual de Patrimonio Mundial de la Unesco se debe a su vocación innovadora de siglos pasados, cuando sus impulsores trazaron un diseño urbano que sirvió de modelo para urbes posteriores. A partir de ahí, edificios de distinto siglo conviven amigablemente, muchos de ellos colindantes, como me recordó hace días ese agudo observador lagunero que es Eliseo Izquierdo. Es importante recordar este detalle: el patrimonio de hoy es la creatividad de ayer. O, como dejó escrito André Malraux, la tradición no se hereda, se conquista.

@JMBethencourt