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Desmemoria – Por Domingo Negrín Moreno

He empezado a escribir mis memorias, pero no me acuerdo dónde dejé el borrador. Mi mente está en blanco, como esta página vacía de letras. Bueno, ahora hay unas cuantas líneas de texto. Estaba yo pensando en… Lo tengo en la punta de la lengua. Mejor me callo. Hace tanto tiempo de eso que… O no.

La facultad de controlar los recuerdos me ha ayudado a desprenderme de los desechos del cerebro. Una de las técnicas consiste en sustituir las frustraciones por deseos y la ansiedad por confianza. Lo que no me interesa va al archivo. Son olvidos voluntarios que distraen la conducta.

Las neuronas despistadas estimulan la creatividad y las obsesivas por la perfección inalcanzable desafían a la lógica con retrógrada desmesura. Lo ideal es dirigir el olvido para que los recuerdos no te enreden la vida. Si aceptamos que el presente es el ayer de mañana y el futuro del pasado, asumimos que todo lo que experimentamos transcurre en dimensiones paralelas. Si nos obstinamos, olvidamos el ahora y descuidamos el porvenir. Así que nadie es nada.

De ningún modo quiero suprimir de mi memoria las evocaciones poéticas que tanto me entusiasman. Recuerdo que, en un congreso de una central sindical al que asistí para cubrir la información, expresé unos escandalosos ataques de risa porque los organizadores desconocían en qué edición se encontraban. Cuando varios compromisarios llevaban media hora debatiendo en el patio del hotel sobre si era el cuarto o el quinto, otro delegado se acercó y formó un 6 con los dedos.

“He llamado a Madrid y no disponen de ese dato”, comunicó un dirigente que presenció cómo me retorcía y amagaba con caer al suelo en un remedo del club de la comedia.

“Algún día habrá que poner un número”, reconoció el reelegido líder. Los órganos nacionales han decidido que el próximo será el tercero. ¿Se acordarán?