la última (columna) - Jorge Bethencourt

Diferencias – Jorge Bethencourt

Soy usuario de la sanidad pública. Y frente a lo que escucho, creo que tenemos una de las mejores redes asistenciales de Europa. Hemos olvidado de dónde venimos, pero no hace tanto tiempo que la medicina que se nos ofrecía era un cóctel molotov de médicos de cabecera de pueblo, casas de socorro y hospitales con lóbregos pasillos.

En tres décadas, la sanidad española se ha situado entre los servicios más capaces de nuestro país. Empeñados como estamos en ver el vaso medio vacío, nos empeñamos en ignorar la excelencia en la formación del personal sanitario, la inversión en tecnología y la capacidad de respuesta en el tratamiento de millones de personas que cada día acuden a los diferentes servicios.

En medio de esta crisis tremebunda, los recortes afectan a las prestaciones públicas. Y como de cada diez euros nos gastamos seis en educación, sanidad y asistencia social, a los que gestionan los asuntos públicos no les queda otra que meter mano en esas partidas. Hay 15 millones de ciudadanos que reciben algún tipo de subsidio. Hay casi seis millones de parados. Hay más de cien mil millones de euros dedicados sólo a pensiones. Y todo eso, todo, se soporta en una masa de trabajadores que se ha visto reducida drásticamente -a unos 15 millones más o menos en el sector privado- en unos salarios que se han visto recortados o congelados y en unas empresas que han visto caer sus beneficios.

Mantener el estado de bienestar es hoy un ejercicio de equilibrio circense. Y todos deberíamos ser conscientes. Los trabajadores de la sanidad tienen que atender a la misma gente con menos recursos y efectivos. Los educadores asumir más alumnos y tareas. Y los usuarios entender que la calidad y la rapidez de los servicios que nos prestan van a sufrir los efectos de la recesión.

La algarabía en la que todos reclamamos que esto funcione como si no pasara nada demuestra cierto grado de desapego de la realidad. Un síntoma de madurez es aceptar responsablemente las consecuencias de las cosas. Y lo contrario, una muestra de infantilismo.

Hay un gasto público cuestionable. El que se parapeta detrás de decenas de miles de cargos en una administración politizada y burocrática, en organismos perfectamente inútiles e inservibles. Pero cuando se habla de ese reino de la incompetencia, los políticos y los sindicatos saltan a las trincheras para defender el Estado del bienestar.

No es el bienestar de los ciudadanos el que defienden. Es el statu quo de una casta que ni enseña geografía ni pone inyecciones ni presta más servicios a los ciudadanos que el de un Pthirus pubis, un insecto anopluro ectoparásito de los estados democráticos usualmente llamado ladilla.

@JLBethencourt