las pequeñas cosas>

Él> Por Irma Cervino

Me cruzo con él todos los días a la misma hora cuando voy camino del trabajo. Nos miramos solo unos segundos pero son suficientes. Él siempre me sonríe. Yo también. No puedo hacer otra cosa porque tiene algo, se deja querer. Aunque me retrase cinco minutos o me adelante seis, siempre coincidimos en la misma esquina y, cuando nos vemos, nunca decimos nada; solo nos miramos y sonreímos. A veces, echo la vista atrás y compruebo que sigue mirándome, entonces volvemos a sonreír. Ha pasado casi un año desde la primera vez que nos encontramos y, aunque parezca increíble, hasta hoy, nunca hemos fallado a nuestra cita.

El tiempo ha hecho que parezca que nos conocemos de toda la vida, pero la realidad es que no sabemos nada el uno del otro. Hay veces que temo que esto se acabe y pienso que una mañana llegaré a la esquina y él no estará. No quiero enfrentarme a ese día. No quiero que llegue ese momento. No quiero sentirme sola, abandonada en medio de la calle, sin saber qué hacer, a quién mirar, a quién sonreír. No quiero. Pero supongo que es inevitable. La vida es imprevisible y todo puede cambiar en menos de un segundo, ya lo sé, así que lo mejor que puedo hacer es disfrutar de lo que tengo el tiempo que dure. Y eso es lo que hago. Mientras siga sonando el despertador, sabré que tengo la oportunidad de volver a verlo.

Debo confesar que la primera vez que me crucé con él ya me sentí atrapada por su mirada y por ese gesto de indiferencia que porta con elegancia, como si no le interesara nada de lo que pasa a su alrededor pero como si, al mismo tiempo, en el momento en que nos encontramos, yo fuera lo único que le importa. Lo sé porque siempre me mira y me sonríe.
Desde aquel primer día que se cruzó en mi camino, imaginé su vida y pensé que las cosas le iban bien, que le gustaba su trabajo y que ansiaba con todas sus fuerzas que el sol saliera todas las mañanas para que la ciudad empezara a despertarse y la calle se iluminara con el ruido de la gente. Él no me lo ha dicho pero yo sé que lo que más desea en este mundo es que le miren porque de eso depende que permanezca como maniquí principal en el escaparate de la tienda que está al doblar la esquina de mi calle.