después del paréntesis - Domingo-Luis Hernández

En la frontera – Domingo-Luis Hernández

Quince familias Canarias (especialmente de Lanzarote) formaron el núcleo fundacional de San Antonio de Texas. Tal evidencia se arrastra por la historia hasta el punto de que los primeros 150 alcaldes de San Antonio eran canarios o descendientes de canarios. Esa memoria se conserva en el lugar; los habitantes de la séptima ciudad de EE.UU. reconocen tal origen. Al punto de no ser extraño que cuando el conductor de una barca del River Walk (el Paseo del Río) te señala amable y respetuosamente con el dedo por ser canario, el resto de la embarcación aplauda.

En la luminosa Catedral de San Fernando se muestra la señal: una estrella fijada al suelo bajo la cúpula primitiva. Señala el centro de San Antonio de Texas. Desde esa marca se trazaron las líneas del reparto de tierras a los primeros canarios. Hoy las imágenes de dos vírgenes acompañan el suceso: una mira hacia el pasado (la réplica de la Virgen de Candelaria); otra hacia el presente (la virgen de Guadalupe).

Esa ciudad guarda historias que se repiten. Una te hace visitar El Álamo, la reliquia de la guerra de fronteras; otra los restos de las cuatro misiones de los franciscanos (San José, Concepción, San Juan y Espada) que se enfilan en la rivera del río San Antonio. En ellas se diseñó el sistema de regadío de la región y se fundamentó la civilización de los indios de la zona. También la protección de esos aborígenes frente a dos grupos guerreros: los apaches (“enemigos” en castellano) y en especial los comanches (“los que van a luchar”), pueblo aguerrido y violento que aprendió a dominar los caballos, eran unos extraordinarios jinetes y luchaban sobre ellos.

Otros relatos te hacen recordar a personajes como el neoyorquino Theodore Roosevelt, que visitó San Antonio de Texas tres veces en su vida. La segunda para reclutar pistoleros y fundar los Rough Riders en el año 1898. El hotel en el que acordó las reuniones el que luego fue Presidente de EE.UU. aún existe (el Hotel Menger) y en su bar es imprescindible tomar una cerveza en su nombre.

Y dos cosas dan sentido al presente de San Antonio: la iniciativa de un ingeniero que se llamó Robert Harvey Harold Hugman, que tuvo la feliz ocurrencia de desviar el río San Antonio hacia el centro de la ciudad en 1946 (proyecto hoy a expensas de ampliación) y el mestizaje creado por el acceso a la ciudad de una gran cantidad de población mexicana. Lo segundo da como resultado el bilingüismo. Aunque el inglés se impone, el español y la gastronomía mexicana se encuentran por todas partes.

Lo primero es extraordinario, porque sobre esa iniciativa se asienta el gran atractivo turístico de San Antonio, que recibe al año entre 20 y 30 millones de visitantes. Uno descubre en San Antonio de Texas la cimentación y la maravilla de un país que se llama EE.UU., desde los modos del Sur (sombreros y camisas vaqueras incluidas) hasta la capacidad de esa sociedad para sustentar iniciativas sociales o culturales. Eso asombra cuando visitas el San Antonio Museum of Art y descubres las donaciones el multimillonario Gilbert Demman (con piezas insustituibles de arte egipcio, griego o romano) o los cachivaches que coleccionó en vida Nelson Rockefeller.

Y ese lugar encierra, además, el espanto del presente. En la frontera. Y en la frontera dos concepciones del mundo: la ley al Norte (eso que estúpidamente García Márquez despreció en Crónica de una muerte anunciada, porque América Latina no es así) y la más aberrante y depravada violencia del Sur. Tal cosa hace que los pudientes de México (no los deprimidos de antes) hoy trasladen a su familia a San Antonio de Texas mientras ellos controlan a distancia sus negocios. Doble dilema, pues. Para el Norte, cómo se resolverá este nuevo recurso de la historia; para el Sur, aberrante.