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Envite – Por Alfonso González Jerez

Paulino Rivero ha decidido mantener su proyecto presupuestario encerrado en la gruta lóbrega de algún cuento de Lovecraft. El proyecto presupuestario del Gobierno autonómico es un horror teratológico que hasta al más bragado le costaría presentar a la luz pública y cabe imaginar a Javier González Ortiz intentando arrastrarlo hasta el Parlamento con una soga pringada de sangre atada al cuello. El presidente Rivero ha optado por mantener a la bestia inmunda en la oscuridad hasta que Rajoy, De Guindos y Montoro saquen la suya. Entonces se adelantará desde las candilejas y proclamará ante el auditorio: “De tal palo, tal astilla”. No sé si resulta razonable esperar aplausos del respetable.

Porque se trata de resaltar el continuo que existe entre ambos proyectos presupuestarios, toda vez que Paulino Rivero y sus compañeros saben que las enmiendas que presentarán Coalición Canaria y Nueva Canarias en las Cortes no conseguirán un minuto de atención por parte del Gobierno conservador y su aplastante y cada vez más chulesca mayoría parlamentaria. Los presupuestos autonómicos para el 2013 no cambiarán un ápice y únicamente reposarán varias semanas en los ordenadores de la Consejería de Economía y Hacienda. Así Rivero gana tiempo, simultáneamente, para desactivar el conato de rebelión de los diputados herreños, que utilizando una disposición del Estatuto de Autonomía -siempre tan atento a las sensibilidades insulares o isloteñistas- están dispuestos a vetar las cuentas públicas del próximo año y ocasionarle un considerable problema parlamentario a coalicioneros y socialistas. Los representantes herreños pretenden que se les garanticen la conectividad marítima y es imprescindible para eso, y en realidad para evitar que el sistema de transporte marítimo salte por los aires, encontrar recursos financieros para enjugar total o parcialmente las deudas con las compañías navieras.

Es como una partida al envite, disciplina cuasicientífica que Paulino Rivero maneja a la perfección desde que era maestro de escuela en El Sauzal y fumaba mentolados. Una partida de envite que sabes ya perdida pero que se diseña y se acepta para demostrar que el contrincante (qué malvado) juega sarcásticamente con las cartas marcadas.