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Ayer José Ignacio Wert -dicen los chistosos- se ha ganado una avenida en todas las capitales de la futura Cataluña independiente con unas declaraciones en el Congreso de los Diputados: “El interés del Gobierno es españolizar a los alumnos catalanes”. Pese a los aspavientos y alaridos de indignación no le encuentro yo nada de particular en la frase. La grima generalizada ante la nueva salida del ministro de Educación se basa, en realidad, en dos motivos que parecen envueltos en tinieblas maléficas. El primero, eso tan horrendo de construir sujetos (introducir valores y articular imaginarios) en la escuela. Y segundo, por supuesto, la referencia a España. Ya se sabe que uno puede ser uzbeco, argentino, andorrano o alemán sin problemas, pero ser español – disponer de un DNI, pagar los impuestos, compartir una Constitución o ser proclive a la siesta – supone un baldón intolerable. La frase atribuida a Cánovas del Castillo -“es español el que no puede ser otra cosa”- es la máxima expresión de respeto que muchos ciudadanos del Estado español están dispuestos a reconocer actualmente.

Los que se horrorizan porque se pretenda españolizar a los alumnos, dentro o fuera de Cataluña, deberían explicar si creen en la existencia de españoles, catalanes, extremeños o canarios en el mismo momento de su concepción uterina. La conciencia de pertenecer a un ámbito social y político más amplio que la familia y el hogar es un producto de la socialización secundaria que impulsa y tutela básicamente la escuela. De manera que, en efecto, la escuela, y no precisamente desde el pasado diciembre, fabrica españoles, como fabrica franceses, egipcios o australianos. Si el propio Wert puntualiza que, a su juicio, el objetivo programático de los planes de estudio debe ser “conciliar dos identidades” no creo que se le pueda pedir más desde el punto de vista de lo políticamente correcto. El problema de la socialización secundaria y de la construcción de los sujetos en la escuela no es, precisamente, un conflicto de identidades nacionales, ni en España, ni en Cataluña, ni en Canarias. Es la internalización de un conjunto de valores nefastos (el desprecio al fracaso, el espíritu acrítico, la obliteración de la disciplina y la memoria, la competitividad más rastrera) lo que impide que en la escuela se eduque, realmente, para construir ciudadanos autónomos que, por ejemplo, no se dejen enredar por las supinas idioteces del nacionalismo ni acepten que la escuela pública sea dinamitada en beneficio de los centros privados.