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Estados de fracaso> Por Jorge Bethencourt

No es un endemismo español que el modelo de configuración de Estado esté en quiebra. Gran Bretaña vive sus propios fantasmas que han acabado en el referéndum de Escocia. Como los vive Bélgica o, en menor medida, Italia. Uno de los peores efectos de esta crisis económica es que los territorios ricos sienten la tentación de desprenderse del peso muerto de las zonas más pobres, sostenidas con recursos ajenos. Una de las políticas estructurales de la Unión Europea es la que nace de la solidaridad. Redistribuir la riqueza de zonas económicas desarrolladas hacia otras regiones para promover su despegue, es un propósito de cohesión social que forma parte del espíritu de la unión. Pero décadas de protección y de inversiones multimillonarias en infraestructuras y programas de desarrollo no han vuelto más competitivos a esos territorios deprimidos, sino que les han acostumbrado a un dolce far niente de vivir mantenidos en el artificio presupuestario.

El gran mal de España es la debilidad de un Gobierno central que se ha quedado reducido al papel de gestor ineficiente de las raspas de la sardina financiera que le queda después de pagar los intereses de la deuda, las pensiones, el paro y las transferencias para atender sanidad y educación. Es la misma aluminosis estructural que afecta a unas instituciones europeas. Las estructuras de centralidad política se han convertido en gigantescos osarios, ineficientes y caros, incapaces de reconducir un proceso de disgregación de poderes hacia las regiones, en Europa y en España.

El asunto que subyace en lo profundo de los discursos nacionalistas no es hoy tan sentimental como económico. Los ricos quieren dejar de mantener a los pobres. Las naciones que pretenden ser Estados no persiguen otro fin que el de la soberanía fiscal o, dicho de otra manera, que lo suyo sea suyo sin que deban compartirlo con nadie en términos que consideran un robo y un expolio. La deslocalización de producciones es una fórmula tentadora para reducir costes de producción de grandes empresas.

Pero a veces es más eficiente la contención o reducción de salarios. Porque podría ocurrir que si creas paro en tus mercados no tengas compradores de tus productos. El error no está en las transferencias de riqueza y en los fondos de cohesión, sino en haberlos convertidos en subvenciones sin una estrategia de desarrollo de fondo. O lo que es lo mismo, en transformar medias temporales y excepcionales en permanentes y estructurales. Probablemente haya que revisar un sistema que expropia abusivamente riqueza de países y territorios para enterrarla improductivamente en otras zonas. Pero si Europa no es hoy una ruina es porque existió la inteligencia necesaria para financiar la reconstrucción y el progreso de naciones destruidas y arrasadas. No aprender de la historia es una estupidez innecesaria. Y la solidaridad, si es eficiente, a largo plazo es un negocio.

@JLBethencourt