tribuna - Rafael Torres

Hipotecas homicidas – Rafael Torres

Si a un hombre le arrebatan cuanto tiene, cuanto conforma su existencia y le permite ocupar un lugar, por muy modesto que sea, en el mundo, a ese hombre se le está matando, por mucho que en su desesperación sea él mismo el brazo ejecutor de su muerte, y se cuelgue de una viga o se precipite, desde la ventana de la casa que hombres armados le quieren quitar, al vacío.

En apenas 24 horas, dos hombres de alguna edad, con esos cincuenta y tantos años tan jodidos para afrontar el enésimo revés, encontrar trabajo o rehacerse y emprender de nuevo el camino hacia ningún sitio, se han suicidado, uno en grado de tentativa y el otro en el de consumación, por la sencilla razón de que un sistema despiadado e infame pretendía quitarles, igualmente, la vida.

Sobre la conciencia de quienes, teniendo de su mano la elaboración de las leyes, el gobierno de la cosa pública y la administración de la Justicia, es decir, el bienestar y la seguridad de los ciudadanos, recae la responsabilidad del sufrimiento, y ya también de esas muertes, que el entreguismo a los mismos bancos y a la moderna usura está generando en millones de familias españolas.

En tanto el Gobierno amnistía a los defraudadores fiscales, indulta a ediles condenados por corrupción, concede en sustraer los ahorros de los trabajadores para satisfacer la codicia de los prestamistas internacionales, decreta de urgencia sobretasas para estorbar el recurso a la Justicia, y, por su ineptitud, contribuye a la destrucción de millares de puestos de trabajo, nada hace, ni un guiño de humanidad siquiera, para socorrer a las víctimas de su demencial política y de la de los gobiernos anteriores, su precursora.

Hombres armados acuden con leyes inicuas a expulsar a la gente humilde de sus casas para entregárselas a los bancos que organizaron el sindiós de las hipotecas y la ruina de España. La echan a la calle, pero han de seguir pagando lo que ya no disfrutan, intereses incluidos, y que nadie disfrutará, pues las casas quedan invendibles, fantasmales, vacías. En Granada y en Burjassot, dos hombres no pudieron soportar que les quitaran así la vida.